¡Cómo pecar, si estás delante!

Lo fácil es leer la parábola como quien lee un cuento, ponerse de parte de los buenos, y concluir diciendo: «¡Qué malos eran aquellos labradores, que mataron a los criados y asesinaron al hijo del dueño de la viña!».

Lo difícil es saberse implicado en el asesinato y llorar las propias culpas.

Los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia». Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cada vez que lo miras, sabes que el Hijo de Dios te está pidiendo dulcemente la vida. Es imposible mirar el rostro de Jesús y no entregarle todo.

Pero pecas. Y, para pecar, primero tienes que sacar al Hijo fuera de la viña. Sin decírselo, le dices: «Ahora márchate, Señor, que lo que quiero hacer no puedo hacerlo en tu presencia». Y Jesús se marcha, y te quedas tú con tus demonios, y pecas, y tu pecado clava en una Cruz al Hijo de Dios.

El principal propósito que debes hacer no es no pecar. Es, más bien, no retirar tu mirada, ni de día ni de noche, de Aquél que te pide dulcemente la vida.

(TC02V)