Como el agua en el vino

Si Dios nos hubiera dicho: «Sed buenos chicos», cualquiera, con un poco de esfuerzo, podría estar a la altura. Pero Jesús no nos ha invitado a ser buenos chicos, sino que ha dicho: Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto. Y esa medida no está al alcance de ningún mortal. ¿Qué haremos, entonces?

Deja que trate de explicártelo, aunque tenga que inventarme un «palabro». ¿Te has fijado en lo que hace el sacerdote antes de ofrecer el vino en la santa Misa? Toma una gota de agua y la vierte en el cáliz. Y ¿sabes lo que le sucede a esa gota de agua? Que se «envina», es decir, queda sumida por el vino hasta el punto de que ella misma se convierte en vino.

Tú no puedes nada. Comparado con Dios, eres menos que una gota de agua. Pero cuando el alma se abisma en Dios y se sumerge en Él, resulta endiosada.

No reces, ni leas el Evangelio, como quien está frente a él. Sumérgete en Dios, abísmate en Él, báñate en la vida de Cristo. Entrégate del todo, deja que Dios te devore, y quedarás endiosado. No serás perfecto, sino que Él será perfecto en ti.

(TC01S)