Como aquel primer día

Perdonad la licencia, dejadme contaros cómo imagino aquel día:

Al soplar el viento, unas lenguas de fuego aparecieron sobre sus cabezas. La de la Virgen era estrecha y alargada, se elevaba al cielo como si quisiera abrasarlo. Comenzó el alboroto, cada uno hablaba en lenguas según el Espíritu le concedía expresarse. La Virgen cantaba; cantaba con una voz que hacía temblar de gozo el aire. Entonces se quemaron por dentro, notaban que el fuego les ardía en el pecho. Y ella, María, les increpaba: «¿Qué hacéis aquí? ¡Id a anunciar al pueblo esta noticia de salvación!». Fueron saliendo del cenáculo, uno por uno, todos menos Juan, que permaneció junto a la Virgen. «Sal tú también. Marcha a proclamar las maravillas de Dios». Y Juan salió. Y se llenó Jerusalén de gozo y de alegría.

Recibid el Espíritu Santo. No sé cómo sucederá hoy. No creo que vea yo lenguas de fuego sobre los feligreses de misa de doce. Tampoco quiero verlas. Lo que quiero, lo que imploro, es que ese mismo fuego abrase los corazones, y que mi «Podéis ir en paz», como el dulce grito de la Virgen, los haga salir del templo y convertir en templo el mundo.

(PENTC)