Columnas de barro

Pablo es humilde con humildad recia, sin amaneramientos. Leed el capítulo 11 de la segunda carta a los Corintios, donde relata tanto sus méritos como su debilidad. Es cierto que habla mucho de sí mismo, pero lo hace como el turista que se retrata junto a una pirámide, para que se vea su pequeñez frente a la grandeza de Dios. Tras el fracaso de Atenas, donde, por agradar al público, calló sobre la Cruz, se enamoró perdidamente de esa Cruz y centró en ella toda su predicación en adelante. Ya no quiso saber cosa alguna sino a Cristo, y éste crucificado.

Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Pedro es el amigo que ama y falla. Jesús le da el primer puesto, pero está claro que a él le gusta. Siempre se adelanta a los demás. Quizá por eso el Señor lo dejó caer tres veces, para que fuese humilde. Y quizá, también por eso, el Resucitado le preguntó, de nuevo por tres veces, si lo amaba más que el resto de apóstoles. Así lo invitaba a no pretender ser el primero más que en amor.

Benditos sean ambos. Frágiles, escogidas y enamoradas columnas de la Iglesia.

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