Chicos buenos y ovejas de Cristo

ovejasEl mejor retrato de lo que es un discípulo de Cristo lo dibuja el propio Jesús en la alegoría del Buen Pastor:

Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna.

Un discípulo no es un «chico bueno». El joven rico (¿te acuerdas de él?) era un chico bueno. Rezaba, cumplía los mandamientos, y no salía de botellón por las noches. Pero existe una enorme diferencia entre el discípulo y el buen burgués que reza y cumple. El buen burgués reza, pero él decide cuánto (en ocasiones, muchísimo, incluso «más de la cuenta»). Da limosnas, a veces cuantiosas, pero él decide el importe, y ya puede la Iglesia estarle agradecido. Cumple los mandamientos –¡faltaría más!–, y así piensa que se ha ganado el cielo. Su religiosidad está tan controlada como el resto de su vida. Controlada por él, claro.

La oveja, sin embargo, es pura necesidad. El pastor la guía, le da de comer, la saca del establo y le muestra el camino. Ella, más que hacer, se deja cuidar. Y es que, mientras el burgués dice a Dios: «Haré esto», el santo pregunta: «¿Qué quieres que haga?».

(TPC04)