Causa de nuestra alegría

¡Qué final tan alegre tiene el mes de María! La llamamos, en el santo Rosario, «causa de nuestra alegría», y, desde luego, para Isabel lo fue. También para nosotros.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo.

La alegría que la Virgen llevaba en su inmaculado Corazón prendió rápidamente en el corazón de Isabel, y encendió el alma del pequeño Juan. Se sumó a la fiesta el Espíritu Santo, y aquel gozo, tan humano y tan divino, se volvió júbilo sobrenatural, como un anticipo del banquete celeste.

Pedidle hoy a la Virgen santísima que os visite, como visitó a Isabel; que lleve su alegría a vuestras almas, porque esa alegría es el gozo del Dios-con-nosotros. Cuando acudió a casa de su prima, la Inmaculada tuvo que hacer tres días de camino. Pero ahora, desde el Cielo, puede visitarnos a cada uno, y lo hará, porque es madre nuestra.

Recibidla, entonces, como la recibieron Isabel, Juan y Zacarías. Abrid las puertas de vuestras almas, escuchad su saludo, acoged su alegría en lo profundo de vuestros corazones, y no permitáis que nada, ni nadie, os arrebate hoy el buen humor.

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