“Evangelio

Sin categoría – Espiritualidad digital

La vida es la tormenta perfecta

tormenta    Se encontraban aún en los principios, y había mucho que aprender. De pronto, se levantó un temporal tan fuerte que la barca desaparecía entre las olas. Se asustaron, despertaron a Jesús, y el mar volvió a la calma. Lo que había sido una tormenta pasó a ser un recuerdo. Pero es que estaban aún en los principios.

    Porque la vida no es así. La vida es una tormenta permanente. O, si lo prefieres así, una sucesión de tormentas que se solapan sin apenas momentos de calma. «Cuando supere este problema, seré más generoso con Dios. Rezaré más, iré más a misa, confesaré más… Pero, primero, tengo que superar “esto”»… ¡Pobre ingenuo! Cuando superes «esto», otra tormenta ocupará su lugar. Ahora tienes a un hijo enfermo, pero mañana te espera un problema en el trabajo, y, cuando lo resuelvas, tu matrimonio entrará en crisis… Como esperes a un momento de calma para ser generoso con Dios, no lo serás jamás.

    Puedes pedirle al Señor que calme esta tormenta, y quizá lo haga. Pero, como vendrá otra, más te valdría pedirle la gracia de saber dormir, de descansar en Él mientras las olas de la contrariedad cubren tu vida. Así navegarás seguro.

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Pidiéndole a Dios según Dios

pedid y recibiréis   El pedid y recibiréis, que tantas veces repite Jesús en los evangelios, requiere una explicación. Entendido de forma ramplona, podría llevar a pensar en una especie de «superpoderes» que dotan al cristiano de una caprichosa omnipotencia. El siguiente paso sería la decepción. Y el tercero, y último, el abandono: «Le pedí a Dios que se curase mi amigo. Mi amigo ha muerto. Dios no existe. No volveré a rezar». Cualquier sacerdote ha escuchado argumentos parecidos a éste en repetidas ocasiones.

   Pero el pedid y recibiréis del evangelio no es una barra libre de milagros. Son palabras pronunciadas para los hijos, no para extraños. De modo que, primero, es preciso vivir como hijos. Sólo entonces se entiende el pedid y recibiréis.

   Es oportuno escribirlo ahora, durante este decenario al Espíritu Santo. Porque es Él, el Espíritu de hijos, que nos hace clamar «Abbá, Padre», quien alumbra nuestra oración. Los hijos de Dios piden según el Hijo, y piden lo mismo que el Hijo –Cristo– suplicó a gritos y con lágrimas en la Cruz: la salvación de las almas, la gloria de Dios, la venida de ese mismo Espíritu. Piden como Él, ofreciendo sus vidas.

   Dios no puede jamás desatender esa oración.

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“La

Advertencias

advertencias    Al Buen Ladrón lo canonizó Jesús antes de su muerte, y le prometió el Paraíso. Nadie duda que el Señor cumplió su promesa, y su compañero de suplicio goza del Cielo.

    Y tú, Cafarnaúm, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno. ¿Podría afirmarse lo mismo de profecías como ésta? ¿Deberíamos darle el mismo valor infalible que a la promesa realizada al Buen Ladrón, y afirmar que toda Cafarnaúm se condenó?

    Afortunadamente, no. Mientras las profecías del salvación son promesas -y Dios no se retracta de lo que promete-, las de condena son advertencias amorosas, pronunciadas para evitar su cumplimiento. «¡Hijo, no salgas sin bufanda, que te resfriarás!», dice la madre. Pero lo dice para que el hijo se abrigue y no enferme. Igualmente, advierte Jesús a Cafarnaúm que ha tomado el camino del Infierno, para que se convierta y se salve. Así advirtió Jonás a los ninivitas, y gracias a la advertencia no sufrieron el castigo.

    Por eso, cuando se nos habla del Infierno, lo peor que podemos hacer es arrojar piedras a quien nos advierte, tachándolo de catastrofista y justiciero. Más bien deberíamos convertirnos y aprovechar la advertencia. Es la forma más segura de no aparecer por ese lugar.

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¡Qué fácil es hablar!

ciento por uno        Siempre que leo este pasaje del Evangelio me sonrío por dentro. Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido… ¿Lo dices en serio, Pedro?

    ¡Pobrecillo! Pensaba que era suficiente con dejar a la suegra en Cafarnaúm y abandonar las redes en la barca. Jesús no quiso desengañarlo, y le explicó la recompensa prometida a quienes por Él dejan casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras (no mencionó a la suegra): cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras (…) y, en la edad futura, vida eterna. Pero, para que lo pensase mejor, tras hablarle del ciento por uno añadió con persecuciones. Seguro que Simón ni lo escuchó. Prefirió paladear lo del «ciento por uno» y pensar: «¡Lo dice por mí!».

    Hasta que llegó la anunciada persecución… Y, cuando llegó, Pedro juró tres veces que no conocía a Jesús. Entonces se dio cuenta de lo equivocado que estaba: no lo había dejado todo. Le faltaba lo más importante: su propia persona. No se había negado a sí mismo. Y, hasta que uno no se niega a sí mismo, no lo ha dejado todo por Jesús.

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“Cristo

La espiritualidad burguesa y su trágica mentira

espiritualidad burguesa    Se cuenta -calumnias, probablemente- de Orígenes, uno de los padres de la Iglesia del siglo III, que quedó sin canonizar por haber interpretado demasiado literalmente las palabras del Señor: Si tu mano te hace caer, córtatela. No fue precisamente la mano lo que -dicen- se cortó, pero la enseñanza final es la misma: esas palabras del Evangelio no deben ser tomadas en sentido literal.

    Cierto. Las palabras de Jesús apuntan más lejos y más hondo. El hombre no puede aspirar a tenerlo todo en esta vida y tenerlo todo también en la otra. Elegir supone perder para ganar. Quien no está dispuesto a perder nada, se condena a que la muerte elija por él y se lo arrebate todo.

    Sé que, hoy día, nuestra espiritualidad burguesa ha persuadido a muchos de que pueden no privarse de nada aquí y ganar después el Cielo, con tal que de que añadan a su regalada vida el aderezo espiritual de la oración. Pero esa oración podrá servir para combatir el estrés, no para llegar al Cielo. Si nuestros «santos de salón» mirasen más de cerca al Crucifijo, entenderían que es preciso renunciar a mucho en esta vida para ser recibidos en el Paraíso.

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