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Pobreza y riqueza en los evangelios

Pobreza y riqueza, en los evangelios, van más allá de la posesión de bienes materiales. Cuando Jesús nos presenta al hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día, no está dividiendo a la Humanidad según su patrimonio, sino según una disposición del alma que la lleva a buscar su felicidad en las criaturas o en Dios.

Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor (Jer 17, 5). El rico apoya su vida en las criaturas, encuentra en ellas su descanso, y, en muchos casos, reza. Pero, cuando reza, Dios es, para él, «algo» más, un «extra» de naturaleza espiritual en el conjunto de sus riquezas.

El pobre no reza; clama al Cielo. Tenga o no bienes terrenales, su vida es Dios. Podría prescindir de todo, menos de Él. Es capaz de apagar el televisor cuando llega el tiempo de oración; puede prescindir de un viaje, si lo llevan a un destino donde no podrá comulgar; se arriesgará a perder el trabajo, si ese trabajo le obliga a ofender a Dios…

No es pobre quien no tiene nada. Es pobre quien sólo confía en Dios.

(TC02J)