Catarros e ingratitudes

Quizá contemplas, en el evangelio, a aquel leproso a quien sanó el Señor; imaginas cómo se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias; y lo comprendes, porque había recibido un enorme favor del cielo a través de Cristo.

Sin embargo, terminas tu oración, y sigues tu vida, de pie, como si tal cosa. Y no te has dado cuenta de tú tienes mil veces más motivos que aquel leproso para vivir postrado a los pies de Jesús.

Repasa tu vida. Imagina lo que hubiera sido de ti, si Cristo no hubiese entrado en ella. ¿No te horroriza el mero hecho de pensarlo? Y, sin embargo, mira cómo es ahora, desde que vives cerca del Señor: tienes fe, rezas cada día, miras al crucifijo en momentos de dolor, recibes la misericordia de Dios en el sacramento de la Penitencia, comulgas cada mañana el Cuerpo y Sangre de Cristo… ¿No deberías vivir en una permanente postración agradecida?

Y, sin embargo, aún te quejas de lo poquito que no tienes, o de tus pequeños dolorcillos. Es como si aquel leproso, después de haber sido curado, le hubiera dicho al Señor: «¡La lepra me la quitaste, pero aún sigo acatarrado!».

(TOI32X)