Buscadores de tesoros

Descubrir lo que está a la vista no tienen ningún mérito. Lo que hace interesante la vida es buscar lo que está escondido. Y el reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo.

Mucha gente se aburre en misa. Otros rezan por obligación, y se les hace largo el tiempo de oración. Y es que no basta con llevar al templo el cuerpo serrano, ni con sentarlo delante de unos evangelios. Los gozos del Amor no saltan a la vista; es preciso buscarlos, y mucho se alegra quien los busca cuando los encuentra.

No basta con «estar» ante el sagrario. Como taladra el suelo el buscador de tesoros, tienes tú que taladrar, con la mirada de fe, las paredes del tabernáculo y la apariencia de pan de las especies eucarísticas, para encontrar ese Cuerpo que es el centro del Cosmos y del alma.

No basta con sentarse. Es preciso recogerse, adentrarse en las profundidades del campo del alma, hasta encontrar allí a su dulce Huésped.

Quien así busca, encuentra. Y, entonces, va a vender todo lo que tiene y compra el campo donde se oculta Cristo. Ya no quiere que nada le distraiga de Él.

(TOP17X)