¡Bienaventurados los ojos!

Las palabras que nos regala hoy el Señor traen a la memoria el eco de una bienaventuranza: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8). ¿Hay mejor recompensa para el justo que la visión de Dios? La gente, cuando se encuentra después de mucho tiempo sin verse, dice: «¡Dichosos los ojos!». Dichosos, bienaventurados los ojos que te vean, Señor.

La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. El ojo está sano cuando ve a Dios en todo cuanto lo rodea. Lo primero que veían los ciegos sanados en el Evangelio era a Cristo. Y el ojo está enfermo cuando mira sin fe, cuando busca el resplandor de lo caduco porque sus tesoros están en esta tierra. Entonces el corazón está a oscuras.

Pedid la gracia de una mirada limpia, que es ventanal de un corazón puro. Líbrenos Dios de la mirada lujuriosa, la mirada soberbia, la mirada envidiosa o rencorosa… y nos otorgue unos ojos como los de la Virgen, que nos miran con cariño de madre y, al mirarnos, nos limpian por dentro.

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