¡Bendito san Lucas!

Me encanta san Lucas. No en vano es el evangelista de la misericordia, el que nos ha traído las parábolas del hijo pródigo y la oveja perdida. Cuando relata los pecados de los apóstoles, él siempre encuentra la excusa, aunque esa excusa sea pueril y maravillosa. Los ve dormidos en Getsemaní mientras Jesús padece, y comenta: Los encontró dormidos por la tristeza (Lc 22, 45). Hoy, ante la incredulidad de los amigos del Señor cuando lo ven resucitado, explica: Como no acababan de creer por la alegría… O sea, que entonces fue por la tristeza, y ahora es por la alegría. ¡Bendito san Lucas! Lo quiero de abogado en mi juicio particular.

Pero este bendito abogado tiene razón, al menos hoy. Siempre nos cuesta creer lo bueno, nos da miedo echarnos en brazos de la alegría, dudamos antes de proferir gritos de júbilo, porque tememos que, después, venga la decepción. A los niños no les cuesta alegrarse, se alegran con cualquier cosa. A quienes hemos sufrido el desengaño nos resulta más difícil. Culpa nuestra. No debimos dejarle a la tristeza llevarse el botín de nuestra esperanza.

No tengamos miedo. Sea nuestra alegría y nuestro gozo. Cristo ha resucitado verdaderamente. ¡Aleluya!

(TP01J)