Bendita obediencia

La intuición de Pedro cuando, sobrecogido al contemplar a Jesús caminando sobre las aguas, le pide: mándame ir a ti, es poderosísima.

Podría haber dicho: «llévame a ti», o «haz que yo también camine sobre las aguas». Pero Simón apela, directamente, a la autoridad divina de Cristo: Mándame ir a ti.

«Señor, yo no puedo caminar sobre las aguas. Pero si Tú, que eres Dios, me lo mandas, yo salgo de la barca ahora mismo y echo el pie al mar, con la confianza de que la obediencia obrará el milagro». Y así sucedió. Duró poco, porque el miedo del pecador pudo con la confianza del santo; pero así sucedió.

El milagro de la santidad lo obra la obediencia. Apréndelo. Lanzarte a hacer obras buenas por tu cuenta es soberbia. Las harás mal; y, aunque las hagas bien, de poco servirán para salvarte. Un ayuno que no te pide el confesor, o que no consultaste con él, es una forma inútil de pasar hambre.

Sin embargo, no temas obedecer al director espiritual, aunque te pida lo imposible. La obediencia lo hará posible. Recuerda que lo importante no es caminar sobre las aguas, sino hacer la voluntad de Dios en todo.

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