¿Azar?

Se representa a san Matías con unos dados, y algún incauto podría pensar que se trata del patrón de los juegos de azar.

Pero no hay tal. No hay azar, quiero decir. Ni casualidades. Tan sólo hay juego. Y es de Dios. Él juega con la bola del mundo y con los hijos de los hombres. No creas que «juego» supone frivolidad. «Juego» supone, más bien, gozo. Pero se trata de un juego muy serio.

Si los apóstoles decidieron lanzar los dados para encontrar al sucesor del Judas, no fue porque pensaran que se trataba de un asunto trivial. Ellos sabían que el azar no existe. Y, al lanzar los dados, le dejaban el campo libre a Dios: No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido.

No vayas a entender que la Iglesia se gobierna con ordalías. Ni los papas son elegidos a suertes, ni los obispos echan cartas para decidir los destinos de sus clérigos. Entiende, más bien, lo que Matías entendió: que no hay casualidades, sino palabras del cielo tras cada acontecimiento. Sólo es necesario aprender a leerlas. Y el Espíritu, con su don de ciencia, es el gran instructor de lectura.

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