¡Ay de los «triunfadores»!

Sólo los tontos creen haber ganado la guerra por haber vencido una batalla. «Padre, este pecado está vencido. Llevo cuatro meses sin caer, lo doy por superado». El pobre necio fue derrotado al día siguiente. Y no por débil, sino por bobo. En esta vida, no hay victorias definitivas. Por eso no conviene canonizar a nadie que tenga que ir al cuarto de baño cada mañana. Mientras nos quede un minuto de vida, aún podemos cometer los mayores horrores.

Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por lugares áridos, buscando un sitio para descansar, y, al no encontrarlo, dice: “Volveré a mi casa de donde salí”. Al volver se la encuentra barrida y arreglada. Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio.

Cuando vences a un pecado, los demonios quedan siempre al acecho, como leones rugientes, esperando a que te confíes para recuperar el terreno perdido. Por eso, permanece siempre en guardia, no dejes la oración, ni aflojes en la mortificación. Ten siempre a mano el rosario, y los enemigos huirán. Pero, después… ¡no se te ocurra soltarlo!

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