Ay, ay, ay, ay…

La versión que san Lucas nos ofrece de las Bienaventuranzas añade cuatro lamentos:

Ay de vosotros, los ricos… Ay de vosotros, los que estáis saciados… Ay de los que ahora reís… Ay si todo el mundo habla bien de vosotros

Ay, ay, ay, ay, como en Cielito Lindo. Pero más llora que canta.

Me quedo con el cuarto. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!

Facebook nos ha demostrado lo mucho que nos gusta gustar. Y, también, el pánico que nos produce disgustar. Semejante idolatría, desgraciadamente, se filtra también en la Iglesia. Quisiéramos que el mundo nos aprobase. Si nuestro discurso no es alabado, nos acusamos de ser poco dialogantes y no aceptar los signos de los tiempos. Mejor callar «ciertas cosas», que chocan con lo políticamente correcto, que molestar a los hombres y perder más «likes» de los que ya hemos perdido.

Y, sin embargo, no deberíamos buscar más que un «like»: el de Dios. El que dio a su Hijo, mientras su Hijo colgaba de una Cruz, cubierto de infamias.

Si, al final, logramos que todo el mundo hable bien de nosotros, quizá debamos temblar. Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas.

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