Apóstoles y repartidores de pizzas

Para un repartidor de pizzas, comer pizza debe ser un ejercicio estomagante. La pizza no es su alimento, sino la carga que lleva sobre los hombros durante horas. Y cuando, terminado el trabajo, al fin puede sentarse a cenar, supongo que preferirá cualquier manjar menos la pizza. (Si algún repartidor de pizzas está entre mis lectores y cena pizza cada noche, le pido perdón por el patinazo).

Todo esto viene a cuento de que el apóstol no es un repartidor de pizzas. Ni mucho menos de Evangelio. Proclamar la buena noticia no es un trabajo duro que nos han asignado. No recogemos el Evangelio a las nueve, lo repartimos hasta las seis, y después nos dedicamos a ver series de TV para relajarnos. Somos, en palabras de san Pablo, miembros de la familia de Dios (Ef 2, 19).

Escogió de entre ellos a doce. Nosotros hemos sido escogidos para vivir cerca del Señor, para ser sus íntimos, y eso debería emocionarnos y llenarnos de gratitud. La emoción y la gratitud, precisamente, traen el nombre de Cristo a nuestros labios lleno de amor, porque anunciamos lo que amamos. Y, cuando lo hemos anunciado, llegamos a casa y cenamos Evangelio. Nos encanta.

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