¡Apóstoles! ¡Necesitamos apóstoles!

Creo firmemente en el valor de la adoración eucarística. Una vez al mes, un buen grupo de mujeres pasan en mi parroquia la noche entera adorando a Jesús en la custodia. Y, todas las semanas, queda expuesto el Señor durante una hora para la adoración de todos los fieles.

Pero no me conformo. Escucho que la salvación del mundo vendrá cuando alarguemos aún más esas horas, y la adoración se convierta en «perpetua», y no me convence. Pienso en un mundo donde la mentira, la lujuria y la soberbia campan a sus anchas; y en los cristianos encerrados en los templos en largas vigilias de oración. Ese panorama no me tranquiliza; me asusta.

Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.

En el templo adoramos. ¡Ay de nosotros si no lo hiciéramos!  Pero en el templo se está muy bien. El trabajo está fuera. Cristianos en la política, en los medios de comunicación, en las juntas de vecinos, en el mundo de la empresa… Cristianos en las piscinas y playas, que compartan comida y diversión con ateos… Cristianos que llenen, no el templo, sino el mundo.

Me alegro de que tengamos adoradores. Ahora necesitamos apóstoles.

(TOI14M)