Ante el Cristo de Velázquez

Según san Pablo, nos ha tocado vivir en la última de las edades (1Co 10, 11). Doy gracias a Dios por ello. He nacido, y vivo, en esa edad en que mis ojos pueden mirar un crucifijo. No sé qué habría sido de mí, de haber nacido antes de que el Hijo de Dios se encarnara.

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.

¿Podría yo amar así a un Ser que no se dejara ver por mis ojos, ni palpar por mis manos, ni rodear por un abrazo? ¿Podría surgir en mi pecho un amor con tanta pasión hacia un Dios sin carne? Creo, sinceramente, que me volvería loco intentándolo.

Por si fuera poco, soy egoísta. Y no podría evitar escuchar en mi interior la cantinela: «Ese Dios es feliz en el cielo, mientras sufres tú en la tierra. Te lo pide todo, pero ¿qué ha perdido ese Dios por ti? ¿a qué ha renunciado?».

Por eso doy gracias de vivir en la última de las edades: me basta mirar al Cristo de Velázquez para caer, entre lágrimas, rendido de amor por Dios. ¡Es tan fácil!

(TC03V)