Amores que esclavizan, y amores que liberan

Por circunstancias que no vienen al caso, llevo varios días escuchando esta frase: «Odia a tu padre y a tu madre, a tu mujer y a tus hijos, incluso a ti mismo». Es la versión fuerte de una frase evangélica cuya traducción suave es: Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío (Lc 14, 26).

La versión fuerte tiene sentido, aunque golpee el corazón como una pedrada. Nuestro corazón está enfermo, y cuando amamos al prójimo con amor carnal siempre esperamos algo a cambio. Por eso, el Señor nos invita a «odiar», a matar ese amor carnal y amar según el Espíritu.

Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial. Ese Amor te libera. Porque, cuando amas así, ya no esperas nada de nadie; todo lo recibes de Dios. Y puedes permitirte el lujo de amar locamente a quien te escupe a la cara. Si eso no es ser libre, ya me dirás qué es entonces la libertad.

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