Amor paciente

¡Cómo os gustaría, padres, que vuestros hijos cambiasen al momento, cuando los instruís o los reprendéis! ¡Cómo os gustaría, maestros, que vuestros alumnos aprendieran las lecciones conforme las enseñáis! ¡Cómo os gustaría, apóstoles, que vuestros amigos se convirtiesen al escucharos hablar de Cristo! ¡Cómo nos gustaría, sacerdotes, que nuestros feligreses hicieran caso de lo que predicamos en las homilías!

Pero lo cierto es que las cosas, en la condición humana, no funcionan así. Nos guste, o no. Es lo que hay.

Decía Jesús: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán. Y, a los pocos segundos, los apóstoles por el camino habían discutido quién era el más importante. Por si fuera poco, horas antes de morir Jesús, mientras compartía con los Doce su Última Cena, se produjo también un altercado a propósito de quién de ellos debía ser tenido como el mayor (Lc 22, 24). Poco tiempo le quedaba ya al Señor para repetir las cosas.

Quisiéramos redimir a los demás «desde arriba»: instruirles desde el púlpito, y que aprendiesen. Pero, si no aprendieron del Señor, tampoco aprenderán de nosotros. Jesús nos ha enseñado cómo redimir a las almas: desde abajo, sufriéndolas.

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