Amor ardiente

Las palabras que hoy Jesús pronuncia ante sus discípulos son una mirada anticipada a su Pasión: He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!

El Señor contempla el Gólgota como el lugar de una deflagración. Habrá un bautismo, porque será sumergido Cristo en las aguas de la muerte y, al salir de ellas, se cumplirá la misteriosa profecía que pronunció Jotán: Salga fuego de la zarza que devore los cedros del Líbano (Jue 9, 15). ¿Acaso no es Cristo la zarza ardiente que vio Moisés?

Ese fuego, el mismo que recibieron los apóstoles en Pentecostés, debería abrasar nuestros corazones y consumirlos, como consumía el del Señor. El Amor de Dios tendría que devorarnos por dentro, de forma que no pudiéramos dejar de hablar de Jesús a todo el que se nos acercase.

Y, sin embargo, en muchos cristianos que cumplen con sus deberes religiosos falta pasión. El agua de la tibieza ha sofocado el fuego del Amor.

Dile: «Señor, ¡que no me conforme con amarte! Que te ame loca y apasionadamente hasta el último instante de mi vida».

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