Amigo Juan…

Supón que, desde hace meses, tu desodorante favorito te ha abandonado. Algo le habrás hecho. O, simplemente, tus fluidos se han vuelto inmunes a la química del «Rexona». Y, conforme recorres los pasillos, la gente se echa a los lados, se da la vuelta, o se tapa la nariz disimuladamente… pero nadie se atreve a decirte nada. Hasta que un buen amigo te toma a solas (y sin mascarilla), para decirte: «Amigo Juan / apestas a caimán. / Tu Rexona / ya no funciona». En ese momento, te revuelves, le sacudes un derechazo, y te vas a esparcir tu fragancia a otro sitio.

Eres bobo. No sólo hueles a caimán; además, eres bobo.

Como aquellos nazarenos. Jesús les dio a sus familiares y vecinos lo mejor que podría darles: la verdad. Y les advirtió de la ingratitud de su raza, del modo en que habían despreciado a sus profetas mientras los extranjeros los honraban… Pero ellos, dándose por ofendidos, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio con intención de despeñarlo.

¡Si hubieran escuchado! Habrían sido los primeros en salvarse.

Pero hay algo peor que hacer las cosas mal, y es no dejarse corregir por el amigo.

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