Almas castas, ojos limpios para el Niño Dios

Si ayer nos referíamos a los que hablan demasiado, hoy nos acompaña Juan. Jesús se lo entregó a la Virgen como hijo, y él parece haber heredado de su Madre el gusto por el silencio y la contemplación.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Juan es vidente de lo invisible. Sus ojos limpios son ventanas, a través de las cuales el alma contempla lo que el cuerpo no ve. Todo lo terreno es transparente ante su mirada, y el corazón, mientras deja atrás las realidades creadas, se precipita hacia los bienes eternos. Mira un costado traspasado, y ve a la Iglesia; mira un sepulcro vacío, y ve el Cielo abierto; mira a Jesús, y ve a Dios. Tras los ojos, se asoma la fe. Vio y creyó.

En ese apóstol casto se cumple la bienaventuranza: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8).

Pídele hoy, al niño Dios, la gracia de la castidad. Que su cuerpo, cuando comulgues, guarde el tuyo y lo consagre como a un templo. Porque sólo las almas castas pueden contemplar, a través de sus ojos limpios, la hermosura de Dios.

(2712)

“Evangelio