Alegría

«Alegría» se dice de muchas formas: alegre está el borracho, la madre se alegra de ver a su hijo, y se alegran los aficionados de que su equipo gane un partido. Pero nunca se dijo «alegría» como lo dijo, hace dos mil años, una joven virgen que llevaba dentro al Hijo de Dios:

¡Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador!

La Visitación de la Virgen a su pariente Isabel forma una de las páginas más jubilosas de todo el Evangelio. Salta Juan en el vientre de su madre, resplandece Jesús en las entrañas de María, y las dos mujeres se embriagan de Espíritu Santo. El mismo aire parece llenarse de gozo.

No habían comido ni bebido. No estaban contentas porque la vida les deparase prosperidad temporal; a ambas les aguardaban fuertes dolores. Tampoco se alegraban por un éxito terreno. El verdadero motivo de aquella celebración era el mismo en las dos mujeres: exultaban por lo que llevaban dentro. Y no hacía falta que cambiase el mundo para que su gozo fuera indestructible.

Ésa es –debería ser– la alegría del alma en gracia. Quien tiene el cielo dentro del pecho no necesita que la vida le sonría. Le sonríe Dios.

(3105)