Al pan, pan

Al pan, pan; y, al vino, vino… Nos jugamos mucho en llamar a las cosas por su nombre, y en identificarlas por lo que son, no por lo que a nosotros nos gustaría que fuesen. El pecado es pecado, y la virtud es virtud.

Se acerca a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». Si a este leproso le hubieran convencido de que la lepra es agua de colonia, nunca hubiera obtenido la sanación, porque nunca la habría pedido. Peor aún, habría procurado contagiar su lepra a sus vecinos, convencido de que los perfumaba con su enfermedad.

Si al adulterio lo llamamos «rehacer la vida», a las desviaciones sexuales las llamamos «libre elección», al aborto lo llamamos «interrupción del embarazo» y a la blasfemia la llamamos «libertad de expresión», nuestra sociedad está condenada a perecer ahogada en su propio vómito, convencida de que huele a rosas.

Pecados, por desgracia, tendremos siempre. Y los limpiará Dios, si jamás dejamos de identificarlos como lo que son: pecados. De este modo, lucharemos contra ellos e imploraremos, como el leproso, el perdón del Señor. Pero si los perfumamos con palabras amables, y acabamos por enamorarnos de ellos… Entonces, no habrá salvación.

(TOP01J)

“Evangelio