Al incapaz lo hace capaz

Si fundaras una empresa con aspiraciones de multinacional, y quisieras elegir al equipo directivo, ¿dónde buscarías? Seguramente, en las universidades, en las escuelas de dirección de empresas, o entre los ejecutivos de empresas de la competencia. Pero ¿irías a buscar al equipo directivo de una multinacional en los tugurios de un suburbio? Nadie hace eso. Salvo Jesús. Y Jesús no quería fundar una multinacional, sino instaurar la Iglesia, arca de salvación para la Humanidad entera.

Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Era un ladrón, un enemigo de la fe, un maldito. Nadie lo hubiera querido en su sinagoga. Y Jesús lo elige para convertirlo en una de las doce columnas de su Iglesia.

Así me eligió a mí para el sacerdocio, y a ti para cuidar de tu familia, que es suya. Y a Pablo, quien aseguraba que Dios escoge lo necio del mundo para humillar a los sabios (1Co 1, 27). Sólo Cristo escoge al incapaz, lo sana y lo hace capaz.

Ante la llamada de Cristo, nadie puede decir: «Yo no valgo para esto». Y, si alguien lo dijera, merecería esta respuesta: «Ya lo sabíamos».

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