Adonde vayas

– ¿Me podría usted indicar el camino a la plaza del pueblo? – Precisamente voy hacia allí; venga usted conmigo.

Es un coloquio innecesario. Ahora tomas el teléfono, le preguntas por la plaza, y el artefacto te lleva sin que tengas que preguntar. Pero, hace treinta años, era un diálogo de lo más normal. Tú seguías al vecino porque confiabas en que te llevaría a la plaza del pueblo. Una vez llegados, muchas gracias por su ayuda, un placer, ya sabe, que tenga buen día.

Maestro, te seguiré adonde vayas. Estas palabras, dirigidas a Jesús por un escriba, son muy distintas del coloquio con el que iniciábamos estas líneas. Quien dice te seguiré adonde vayas no manifiesta el deseo de llegar a un lugar concreto, sino el ansia de permanecer junto a una persona. Este escriba es como el evangelista Juan: se ha enamorado de Jesús. Y quiere pasar con Él la vida.

Hay almas así; benditas sean. Para ellas, el cristianismo no es medio para alcanzar la vida eterna, porque Cristo mismo es su vida. Y, si les das a elegir entre el Tabor o el Gólgota, te dirán que no importa Tabor o Gólgota, con tal que Jesús esté allí.

(TOI13L)