Administradores injustos con alzacuellos

Cada vez que leo la parábola del administrador injusto, doy gracias a Dios por ser sacerdote. Me parece que somos lo más parecido al personaje que protagoniza la narración. Somos administradores injustos con alzacuellos.

Porque Cristo nos ha confiado el tesoro de su divina sangre para que lo administremos y lo distribuyamos entre sus deudores. Y nosotros… En fin, lo que hacemos nosotros lo sabéis muy bien.

– ¿Cuánto debes a mi amo? – Cien barriles de aceite. – Toma tu recibo: aprisa, siéntate y escribe cincuenta.

«– ¿Cuánto debes a mi amo? – Por mis pecados debería ir al infierno por toda la eternidad. – Aprisa, pide perdón y reza un avemaría. “Yo te absuelvo de tus pecados…”».

Es impresionante. Para colmo, el Señor lo ve, y se complace. Y esa aparente «injusticia», que realmente no lo es, porque está bañada en la justicia de Cristo, nos llevará al cielo a nosotros y a vosotros.

Queridos pecadores, deudores de mi Amo: yo que vosotros me aprovecharía de que los confesonarios están llenos de una horda de administradores injustos que desean llegar al cielo, y que rebajan deudas descaradamente. Con semejantes elementos dentro de los alzacuellos, el que no se salve… es porque no quiere.

(TOI31V)