A Dios no le gusta el ruido

Parece ingenuo, por parte de Jesús, ese afán de evitar la estela de ruido y espectáculo que seguía a sus milagros. ¿Acaso es posible un milagro silencioso? ¿Puede un ciego recuperar la vista, o ser limpiado un leproso, y no gritarlo después?

Jesús lo intentó con todas sus fuerzas. No podía dejar de hacer milagros, porque debía mostrar el sello de su Padre, Dios, y porque aquellos milagros eran enseñanzas de vida para nosotros. Pero trató de amortiguar su ruido, porque, mientras estuvo en la tierra, prefirió hablar en voz baja, al oído de un solo interlocutor, antes que gritar.

El los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran.

Los sanó uno por uno; no pronunció una palabra que curase, con su fuerza, a una multitud enferma. De uno en uno, como recibimos los sacerdotes a los penitentes, en voz baja, sanó a cada enfermo, y después le pidió que no gritase.

No gritará, nadie escuchará su voz por las calles.

A ese Jesús lo encontrarás en el silencio de la oración, más que en el ruido de multitudes. Y lo anunciarás en la confidencia de la amistad, mejor que en la más florida predicación de las enormes catedrales.

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