¡A bailar!

Cuando el arca del Señor entró en Jerusalén, David iba danzando ante el Señor con todas sus fuerzas (2Sam 6, 14). La alegría que llenaba su corazón, al saber que Yahweh plantaría su tienda en medio de su pueblo, se desbordaba en brincos y cabriolas.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Lo mismo le sucedió al pequeño Juan. Fue tanta su alegría al presentir al Dios-con-nosotros, que saltó de gozo, y contagió de júbilo a su madre.

Me gustan los santos que bailan. Y espero que a ti también. Porque, aunque te gustaría esperar al Señor en silencio, paz y serenidad, en estos días todo se mueve. El Belén ha dejado tu casa «patas arriba». Los niños comienzan sus vacaciones. Las compras te tienen de acá para allá. Todavía no sabes cuántos hijos, nietos, cuñados, yernos y nueras vienen en Nochebuena… Estamos en los días más alborotados de todo el año.

Está visto que Dios no te quiere quieto. Quiere que bailes. ¡Pues baila para Él! Convierte ese movimiento resignado en un baile de júbilo. ¡Súmate a Juan, y al rey David! ¡A bailar todo el mundo, que viene el Niño Dios!

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“Evangelio