Tú, pecador

15 octubre, 2022 – Espiritualidad digital

Luchando contra Dios

Piensa en aquel Moisés que oraba sobre el monte, levantados los brazos y alzado el cayado, mientras su pueblo libraba aquel fiero combate contra Amalec. Piensa en aquel Jacob que pasó la noche entera luchando contra Dios a brazo partido, hasta que, ya al amanecer, le arrancó su bendición. Piensa, por último, en Jesús postrado en Getsemaní y sudando sangre para obtener la redención del hombre…

Contempla esas tres escenas, y te darás cuenta de que, en ocasiones, la oración tiene mucho de combate con el Cielo. Aunque, en ese combate, al final, Dios siempre se deja vencer. Sólo el necio abandona la lucha antes de obtener la bendición.

Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme.

Es preciso importunar, ser tan pesados con Dios que Dios no pueda soportarnos. Y vale la pena. Porque muchas cosas se escapan de nuestras manos: Un hijo que se descarría, un amigo que agoniza sin sacramentos, la situación de nuestro mundo… Nada podemos hacer para solucionar esos problemas, salvo rezar. Y rezar mucho. Y ponernos muy pesados. Venceremos a Dios.

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El descanso de los santos

cristianoParece paradójico hablar de descanso en los santos. Más bien da la impresión, leyendo sus vidas, de que no tuvieron tiempo para ellos. Desde que santa Teresa salió de La Encarnación, toda su vida fue un constante ir de acá para allá, sin apenas reposo. Y cuando ese «acá» o ese «allá» eran lugares difíciles y áridos, y la salud no acompañaba, cualquier buen amigo le hubiera sugerido un descanso que ella nunca tomó. ¡Cómo le costaba recorrer Andalucía en verano, con aquel hábito de lana de ocho kilos que todavía usan sus hijas! Y, sin embargo…

Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

Por contradictorio que parezca, no hubiera podido la santa llevar a cabo esa tarea si no hubiera estado muy descansada. Lo estaba. Porque mientras el cuerpo se desgastaba, el alma estaba bien asentada en Dios, en el sosiego del discípulo que tiene la cabeza apoyada en el pecho del Maestro.

Cuando el alma está descansada, cualquier trabajo se puede afrontar con alegría. Pero, cuando el alma está cansada… hasta la siesta cansa.

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