Tú, pecador

octubre 2022 – Espiritualidad digital

Pecadores que han amado a Jesucristo

No me cansaré de repetirlo, en mi parroquia lo digo todos los años, cuando veo caras tristes en este día: dejad la tristeza para mañana, hoy es día de luz y de gloria. Sé que el día de difuntos es laborable en España, y muchos aprovechan esta fiesta para visitar los cementerios. Pero hoy celebramos a los hombres y mujeres más felices entre los hijos de Adán: a aquellos que ya han llegado a su destino, y disfrutan del banquete de bodas del Cordero.

Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. La Iglesia nos abre hoy las puertas del Cielo, y nos muestra la dicha de los santos. Son seres como nosotros, llenos de debilidades, tentados y probados, que cayeron y se levantaron muchas veces, y que amaron locamente a Jesucristo. Porque eso es un santo: un pecador que ama locamente a Jesucristo.

Ellos nos recuerdan que estamos en camino, que somos peregrinos y extranjeros en el mundo, en busca de nuestro Hogar. Y, conforme avanzamos, vamos dejando atrás personas y escenarios, sin instalarnos en lugar alguno hasta que lleguemos a Casa.

Cada día nos falta menos, si cada día amamos más.

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Armatostes y gloria accidental

No todas las almas que están en el Cielo disfrutan por igual. Llamadlo, si queréis, las «muchas moradas», como lo llamaba el Señor, o «gloria accidental», como lo llaman los teólogos. Podría decirse, en lenguaje llano, que todos disfrutan «al máximo», pero ese «máximo» es diferente en unos y en otros. No es lo mismo llegar a la fuente con un vaso que con una jarra; ni con una jarra que con el Océano, como la Virgen. Por eso dice la Escritura: Correré por el camino de tus mandatos cuando me ensanches el corazón (Sal 119, 32).

De todas formas, por mucho que Dios nos ensanche el corazón, poco nos aprovechará si lo llenamos de armatostes (me encanta esa palabra). Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos. A Él le gusta invitar a su banquete a los pobres, porque tienen más hambre y disfrutan más. Mucha gente bosteza en misa porque ya venían saciados antes de entrar. En cuanto a ti, si renuncias a recibir paga en la tierra por tus buenas obras, harás más sitio para la paga del Cielo.

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«Zaqueado» y, encima, feliz

zaqueoNo sé si la copa de un sicomoro es lugar confortable. Pero cuando Jesús, al ver a Zaqueo encima del árbol, le dijo: Date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa, reamente le estaba diciendo: «Estás muy cómodo ahí, baja y ábreme las puertas de tu hogar». Zaqueo bajó, e introdujo a Cristo en su casa. Jesús no es invitado cómodo. Te saquea la nevera, levanta las alfombras y saca a la luz la suciedad oculta durante años, te hace enrojecer… y lo llena todo de alegría. Vale la pena, en cualquier caso.

Hay tres formas de relacionarse con Cristo. Una es la de quien «soporta» al Señor: va a misa por obligación, reza porque tiene que rezar, y está esperando a que termine la misa y concluya la oración para entregarse a lo suyo. Otra es la del «fan»: está a favor de Jesús, le aplaude y lo ensalza… desde el sillón; él no se mueve. La tercera es Zaqueo: deja a Cristo entrar hasta la cocina, se deja robar por Él y se lo entrega todo. Así han sido los santos.

Sé que crees en Jesús. Pero ¿te dejarás «zaquear» por Él?

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Misterios del sábado

Te aconsejo que los sábados, desde la mañana, tomes la mano de la Virgen y te dirijas al sepulcro del Señor. Su sagrado cuerpo, dormido en la muerte, aún está ahí dentro, como el grano de trigo. Silencioso, tranquilo, entregado. Contémplalo y recógete.

Cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto… Ahí lo tienes, no puede haber puesto más «último». Bajo tierra, oculto a las miradas de los hombres, tras haber muerto cubierto de infamias como desecho de la Humanidad. Y, más que sentado, postrado. Si «humildad» viene de «humus», que significa «tierra», la humildad del Hijo de Dios fue llevada hasta el extremo en este sepulcro.

Y ahora espera.

Para que, cuando venga el que te convidó, te diga: «Amigo, sube más arriba». Espera a que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies (Heb 10, 13), cuando se cumplan, mañana, las palabras del Apóstol: Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre (Flp 1, 9-11).

Qué día tan misterioso, el sábado.

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La cima y el llano

El evangelio de hoy tiene dos escenarios: uno de ellos se sitúa encima del monte donde, tras pasar la noche en oración, Jesús llamó a sus discípulos, y escogió de entre ellos a doce. Allí estaban Simón y Judas, a quienes hoy celebramos, junto a los demás convocados por Jesús. El segundo escenario se sitúa abajo, en la llanura, donde una gran muchedumbre del pueblo esperaba para escuchar la palabra y ser curados de sus enfermedades.

Quiero pensar que tú, que estás leyendo estas líneas, acudes regularmente a la iglesia, y participas en la santa Misa. Si es así, tu lugar está en lo alto del monte, que es donde se celebra el santo Sacrificio. Te cuentas, por tanto, entre los elegidos del Señor, entre sus íntimos. Es un don inmenso el que has recibido. Pero es, también, una gran responsabilidad. Porque, debajo del monte, son muchos quienes viven sin Dios, con el corazón roto y el alma vacía.

Por eso, cuando salgas del templo, recuerda que debes bajar. Te están esperando. Te necesitan. Que también esas almas son amadas por Cristo con amor de predilección. Pero no lo sabrán hasta que tú no se lo anuncies. Acércate a ellos.

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El llanto limpio de Dios

¡Cómo sobrecoge ver llorar al Hijo de Dios! ¡Cómo no estremecerse, cuando tienes delante al Omnipotente desmoronado, llorando de impotencia! ¡Qué misterio el de la libertad humana, capaz de cerrarle el paso al poder del Altísimo! Un hombre que encara a su Dios y grita: «¡No quiero!», y un Dios que cae rendido en lágrimas a sus pies.

Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no habéis querido.

Esas últimas tres palabras pesan como una losa, como la Cruz, en el corazón del Salvador: No habéis querido.

¡Y no queréis venir a mí para tener vida! (Jn 5, 40).

Es un llanto limpio. Llora, no por miedo ni por despecho, sino por Amor. En el pecador no ve Cristo a su enemigo, sino a su amado, creado a imagen suya y llamado a gozos eternos e inefables que el hombre desprecia para revolcarse en su pecado.

No es cristiano juzgar, ni condenar, a quien rechaza a Dios, porque no es propio de Cristo. Lo cristiano es llorar, amar, y acercarse al pecador para tenderle, una vez más, la mano llagada del Salvador. Aunque, a cambio, se reciban desprecios.

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Antes de que la puerta se cierre

Cuando una puerta se cierra, algo queda atrás. Si ya la cruzaste, y estás dentro, sólo puedes mirar hacia delante. Y si quedaste fuera, tu camino acaba ahí.

Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta… Los de dentro no podrán salir, y los de fuera no podrán entrar.

Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Mira al Crucifijo… ¿no percibes la luz detrás? Es Cruz gloriosa, puerta del Cielo, y el resplandor que refulge tras ella es claridad eterna, el gozo de los santos. Pero debes cruzarla ahora, mientras está abierta, porque un día se cerrará, y de nada servirá golpearla.

¿Cómo cruzarla? En primer lugar, con oración y recogimiento interior, porque la puerta se encuentra en lo profundo del alma, y es preciso recogerse allí para encontrarla. En la oración, y en la Eucaristía, pregustamos el Cielo.

Pero de nada sirve que el espíritu cruce, si la vida se queda fuera. Pobre oración, la que no mueve al hombre. Además de rezar, es preciso esforzarse y obedecer. La puerta es estrecha, y no la cruzarás si no renuncias cada día a tu propia voluntad para hacer, siempre y en todo, lo que Dios quiere.

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