Evangelio 2022

10 septiembre, 2022 – Espiritualidad digital

Un tonto que se salva, y un soberbio que se pierde

Teniendo en cuenta que nadie es bueno sino sólo Dios (Lc 18, 19), habrá que decir que aquel padre tenía dos hijos malos: uno listo y otro necio. Como aquellas diez vírgenes, cinco prudentes y necias otras cinco. El necio pensó que podría vivir sin su padre. Y, tras pedirle la herencia, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. El listo sabía que «como en casa, en ningún sitio». Pero se aburguesó, se llenó de soberbia y se vació de amor.

La diferencia con las diez vírgenes reside en que, en esta parábola, es el necio quien se salva y el listo quien se pierde. Porque el necio, golpeado por la vida y sin el auxilio de su padre, entra en razón a su modo y vuelve a casa arrepentido. El listo, sin embargo, se pasa de listo, se cree perfecto y se permite juzgar a su padre y a su hermano.

Está claro que tiene mejor remedio la estupidez que la soberbia. Tú no caigas en la una ni en la otra. Ama a Dios más cada día y, si le fallas, no esperes para pedir perdón. Lo encontrarás con los brazos abiertos.

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La falsa mística

Sucede en ocasiones: una persona que ha vivido sin Dios se encuentra repentinamente con Él y se lanza de cabeza a la piedad. En muy poco tiempo, lo ves arrodillado durante horas en la iglesia, y se ha unido a varios grupos de oración. Quien, hasta hace muy poco, era ateo te habla de Dios como si ya hubiera alcanzado las cumbres de la vida espiritual… ¿Tan deprisa? Hasta que te acercas, y te das cuenta del engaño. Es incapaz de levantarse a su hora, hace mal su trabajo, llega tarde a las citas, descuida el aseo personal…

La falsa mística. Le es fácil al alma subir hasta las cumbres cuando se deja al cuerpo en tierra. Libre de ese peso, el alma vuela. Se trata de una mística sin ascética: no hay mortificación, ni penitencia, ni lucha interior, ni abnegación. Sólo sentimentalismo religioso.

¿Por qué me llamáis «Señor, Señor», y no hacéis lo que os digo?

Recoge la vida, por favor, y carga con ella. Toda esa oración tan intensa y elevada conclúyela con un propósito: «¡Oh, Jesús mío, cuánto te adoro!… y mañana me levantaré a la hora en punto». Así sí. Irás más despacio, pero llegarás entero.

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