Evangelio 2022

13 agosto, 2022 – Espiritualidad digital

Nefertiti en camisón

«Estoy tremendo, estoy que crujo. Soy Nefertiti en camisón»… Escucho este anuncio en la radio cada mañana. Si compras el cupón de lotería, estarás tremendo, crujirás, serás la emperatriz en traje de noche… ¿Quién no quiere estar tremendo? La misión del vendedor es agradar y suscitar unanimidades. ¿Podría vender algo un comerciante diciendo que, si compras su cupón de lotería, lo normal será que no salga premiado?

Todo esto puede servirte para vender lotería. Pero, si quieres ser apóstol de Cristo, olvídate. Jamás podrá competir un crucificado con Nefertiti en camisón.

Jesús anuncia, pero no vende nada. El marketing le es completamente ajeno. Sus palabras no suscitan unanimidades, sino perplejidad. Algunos, fascinados con Él, lo siguen hasta la muerte. Otros, encolerizados por el anuncio, lo odian y lo matan.

¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres. Si quieres ser apóstol, debes renunciar a caer bien. Proclamarás la verdad sin respetos humanos. Muchos te seguirán. Otros te odiarán, pero a nadie dejarás indiferente. Tú amarás a todos, y a todos redimirás, ya sea por la palabra o por la sangre.

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La puerta de los niños

Me hace gracia el modo en que los apóstoles, preocupados por el descanso de Jesús, formaban, en torno a Él, un anillo de seguridad. Digo que me hace gracia por ese empeño de los Doce en cuidar del Maestro. Pero siempre me han parecido antipáticos los anillos de seguridad.

Dejadlos; no impidáis a los niños acercarse a mí. De los que son como ellos es el reino de los cielos.

Aunque la puerta es estrecha, los niños tienen libre acceso a Jesús, porque ellos no llevan equipaje. Las personas mayores se aproximaban con problemas, enfermedades, inquietudes, preguntas… No todos pudieron acercarse.

Los niños, sin embargo, no tenían otro deseo que la propia alegría de estar con Jesús. No le pedían nada. Aunque sus padres los llevaban para que Jesús les impusiera las manos y orase, los pequeños, simplemente, se echaban en brazos del Señor y se dejaban bendecir. ¡Qué bien conocemos a esos niños los sacerdotes cuando, finalizada la misa, entran en la sacristía!

En el niño parece cumplirse el salmo: Sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón (Sal 37, 4). Acércate a Jesús con esas disposiciones, y siempre encontrarás la puerta abierta.

(TOP19S)

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