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agosto 2022 – Espiritualidad digital

La mejor forma de empezar el día

Hay quien se despierta cada mañana con el informativo de la radio. Luego se quejan de que están deprimidos. Menuda forma de empezar el día.

También hay quien se despierta con música. Pero ¿de verdad hay ganas de bailar a esas horas?

Otros prefieren prescindir del despertador, y practican ese «despertar cristiano» que consiste en levantarse «cuando Dios quiera». Entendiendo que llaman «Dios» a su propio cuerpo. Luego llegan tarde a todas partes.

Y, después, está Jesús: Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar desierto.

Tú, que eres cristiano, imítalo a Él. En cuanto suene el despertador, salta de la cama y póstrate en tierra, sin dar a la pereza ni un segundo. Alaba a Dios, así postrado, y aséate para Él. Convierte el tiempo de aseo en tiempo de oración. Y, una vez aseado, toma en tus manos el Evangelio y ábrelo. Que sea la primera noticia del día. Permanece unos minutos en oración, saborea la palabra antes que el café. Si tienes la suerte que tengo yo, quizá puedas hacerlo ante un sagrario.

Y, una vez llena el alma con esa alegría… ¡A la batalla! Café, tostadas, noticias, trajín… Nadie podrá quitarte lo rezado.

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¿Por qué la tentación?

Los evangelios dejan muy claro que el poder de Cristo sobre los demonios es absoluto: Jesús le increpó diciendo: «¡Cállate y sal de él!» Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño.

Pero ese poder también alumbra un misterio. Si los espíritus malignos obedecen al Señor, ¿por qué les permite seguir actuando? Personalmente, no me gusta hablar de los demonios, ni menos pensar en ellos. Creo que esos espíritus rebeldes se crecen cuando les damos protagonismo. Sus mejores aliados son los necios a quienes no se les caen los demonios de la boca. Pero, aunque pretenda no prestarles atención, soy consciente de su presencia cada día. ¿No sería más fácil seguir al Señor sin esas insidias?

Al pecar nos entregamos en manos del enemigo, y nada tiene de extraño que, tras ser redimidos por Cristo, el Maligno reclame lo que fue suyo. El propio Jesús quiso ser tentado. Y venció. Como sucede con la muerte, el camino no es quitarnos a ese moscardón de encima, sino sufrirlo pacientemente, abrazarnos al Salvador, y vencerlo unidos a Él. De este modo los demonios, sin pretenderlo, nos ayudarán a hacer penitencia por nuestras culpas.

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El silencio de Juan

Juan Bautista murió con apenas treinta años. La mayor parte los pasó escondido en el desierto. Y sólo durante los últimos meses, cuando estaba por aparecer el Cordero de Dios, gritó a pleno pulmón su anuncio junto al Jordán. Bautizó a muchos judíos, congregó a muchos discípulos y cuando, por fin, pudo señalar con el dedo al Mesías su voz se apagó para dar paso a la Palabra. No se apagó, la apagaron. Su cabeza fue separada de su cuerpo y entregada a una mujer que lo odiaba con todas sus fuerzas, porque Juan había puesto en evidencia su pecado.

El silencio de Juan fue preludio del silencio de Cristo. Tres años más tarde, el Mesías por él señalado fue también asesinado, y la Palabra encarnada resultó ahogada en las tinieblas de la muerte.

Ni Juan convirtió a Herodías con su palabra, ni Cristo logró, con su predicación, cambiar los corazones de los hombres. Pero la sangre del Bautista y su silencio anunciaron aquella sangre y aquel silencio que redimieron al género humano.

Ése es tu camino. Y el mío. Debemos gritar el nombre de Cristo. Pero la verdadera eficacia de ese anuncio se despliega cuando los hombres nos callan.

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Nuestro puesto en el mundo

Dice el libro del Eclesiástico: Hijo mío, actúa con humildad en tus quehaceres, y te querrán más que al hombre generoso (Ecclo 3, 17). Imagino estas palabras dichas por Dios Padre a su Hijo Jesús mientras Éste pende de la Cruz. El más amado de los hombres.

Si Él, el mayor de todos, se humilló así, ¿dónde estará nuestro puesto?

Vete a sentarte en el último puesto. Humildad viene de «humus», que significa «tierra». Postrarse en tierra para que los demás pasen por encima no está de moda. Nos gusta sobresalir, llevar la razón, ser los más graciosos, los que más morenos vuelven de la playa, los más listos… ¿Cuántas veces has dicho a quien discutía contigo: «Llevas razón, me has convencido»?

¡Míralo en la Cruz, y míralo humillado en la sagrada Hostia! Si allí está el Amor de nuestras vidas, allí está nuestro puesto y nuestro hogar. Cada vez que te abajas, cada vez que cedes, cada vez que das tu brazo a torcer en asuntos opinables (casi todos), cada vez que sirves, cada vez que escuchas, te acercas un paso más al Hijo de Dios. Sigue por ese camino y lo encontrarás. Cuando lo encuentres, descansarás en Él.

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La cuenta de resultados

Hay personas que se agobian con esta parábola: Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco. Piensan que tienen que llegar a la muerte con una «cuenta de resultados» exitosa y, conforme envejecen, al no ver frutos de su vida, se atemorizan.

«He educado a mis hijos en la fe, y ninguno de ellos va a misa. Mis nietos siguen sin bautizar. He hablado de Dios a muchas personas, pero ninguna ha querido acercarse a la Iglesia. He fracasado en todo»… ¿Qué le dices a una persona como ésta? Para empezar, que también yo hubiera querido que saliera de mi parroquia alguna vocación sacerdotal.

Y, para seguir, que las cosas de Dios no funcionan así. ¿Qué presentó Cristo a su Padre al salir de este mundo? Fracaso, humillación e injurias. A su madre, a otras tres mujeres, y a Juan. ¿Te parece una «cuenta de resultados» digna del Hijo de Dios? Pero cuando el grano de trigo murió, fue enterrado y resucitó, estalló una primavera de frutos que llenó el Orbe y la Historia.

No hay trabajo realizado por Dios que quede sin fruto. Pero esos frutos, muchas veces, sólo podrás verlos desde el gozo de tu Señor.

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La tienda de «todo a 0»

«¿Cuánto es?». Me lo preguntan a menudo. Personas que vienen a encargar misas, novios que vienen a casarse, padres que solicitan el bautismo para sus hijos… Muchos de ellos, antes de marcharse, preguntan lo mismo que en el bar después de tomar un café: «¿Cuánto es?». Yo siempre les respondo que no somos un comercio, que no vendemos nada, que dejen, si lo desean, un donativo según sus posibilidades.

Pero ahora viene la parábola y me quita la razón. Le dicen las vírgenes sensatas a las necias, cuando éstas les piden que compartan su aceite: Mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis. Y esa tienda es la Iglesia, donde se distribuye ese aceite divino de la gracia que mantiene encendida la lámpara del alma.

Me gusta la traducción española. Somos tienda, la «Tienda de Yahweh», más que aquélla en la que Moisés hablaba cara a cara con Dios. Entregamos la gracia a cambio de nada. Tan sólo es necesario que quien la solicita traiga las debidas disposiciones.

Entended a las vírgenes sensatas. No podéis contagiar la gracia como si fuera un virus. Enviad almas a la tienda, al confesonario. Y acudid también vosotros, que lo necesitáis.

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En vela… o en Babia

San Martín de Tours conoció con antelación el día en que iba a morir. ¿A ti te gustaría conocer por adelantado el día de tu muerte? Y, si lo conocieses, ¿esperarías a última hora para confesar y harías, entre tanto, lo que te viniera en gana? ¿O procurarías vivir en gracia cada minuto, porque un minuto de vida sin Cristo te parece un minuto de muerte?

Estad en vela, porque no sabéis que día vendrá vuestro Señor. Esto vale para todos… salvo para san Martín. Pero debes entender que estar en vela no se identifica con el mero hecho de estar confesado. Está en vela quien, además de vivir en gracia, vive de la gracia, disfruta sirviendo y amando a Dios. Está en vela, en definitiva, quien permite que el Amor de Dios le alegre la vida.

Si dijere aquel mal siervo para sus adentros: «Mi señor tarda en llegar», y empieza a pegar a sus compañeros, y a comer y a beber con los borrachos… Ese mal siervo deja claro que no disfrutaba sirviendo al Señor. Dios era su jefe, no su Padre. Y al jefe lo esquivas: «Ojalá esto no fuera pecado…». Al Padre, en cambio, lo abrazas.

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