Evangelio 2022

23 julio, 2022 – Espiritualidad digital

Aparcar el coche y redimir almas

Desde el momento en que abro la puerta del coche para conducir hasta Madrid, aviso a mi ángel de que estoy saliendo, para darle tiempo a que me consiga una plaza de aparcamiento. He descubierto que, si se lo pido al llegar, se lo pongo muy difícil al pobre.

«¡Qué tontería!», pensaréis. Cierto. Pero la vida también se compone de tonterías simpáticas, que forman parte del coloquio con amigos del Cielo. Luego están las cosas serias. No es lo mismo pedir aparcamiento al ángel que pedirle almas a Dios.

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Quienes pedís con lágrimas por vuestros hijos, vuestros nietos o vuestros amigos, como pido yo por mis feligreses, acordaos de santa Mónica. Dios nunca rechaza esa oración. Pero las almas son muy caras.

Para obtener almas, debemos pedir desde la Cruz, mezclar nuestras lágrimas con las de Cristo, y unir a la ofrenda del Calvario el sacrificio de nuestras vidas. Sobre todo, no le marquéis plazos a Dios. Si quiere teneros pidiendo durante años, no desfallezcáis. Veréis el fruto desde la tierra, o desde el Cielo. Dios no puede negar almas a quien se las pide con lágrimas.

(TOC17)

La unión del santo con Cristo

Podría parecer, durante las turbulencias de la vida, que la unión del alma con Cristo es como la de dos personas que se agarran fuertemente de la mano en medio de una avalancha de gente, procurando que la multitud desbocada no los separe. Así, mientras el alma es zarandeada por las urgencias y las contrariedades del día a día, lucha por no olvidarse de Dios.

Podría parecer, durante los momentos de oración más recogida, que la unión del alma con Cristo es como la de dos amantes que se abrazan y gozan cada uno, mientras dura el abrazo, de la cercanía del otro.

Pero ninguna de esas dos imágenes explica la unión de los santos con Cristo. Ni las manos ni los brazos pueden atrapar eternamente al ser querido.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El santo está unido a Cristo como el sarmiento a la vid. Sin dejar de ser dos, son uno solo. Esa unión no la obran manos ni brazos, sino la gracia y la palabra. La gracia es la savia que une interiormente el sarmiento a la vid. La palabra, que permanece en el alma del santo, la fecunda y alumbra en ella sus frutos.

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