Evangelio 2022

2 julio, 2022 – Espiritualidad digital

El drama de un Cristo mudo

Sal de casa, abre los ojos y los oídos, mira bien y escucha… Enciende la televisión, toma nota de lo que ves… Sube al tren, presta oído a las conversaciones… Y, dime: ¿Dónde está Cristo? ¿Has visto su imagen por las calles, has escuchado su nombre en boca de los hombres, ha sido noticia en los informativos de la televisión? ¿Dónde está Cristo? ¿Acaso no parece que Cristo haya desaparecido, o lo hayan hecho desaparecer del horizonte? ¡Cuántos niños, hoy en día, crecen y son educados en un mundo sin Cristo! Jamás han oído su nombre.

Me dirás que Cristo está, que tú lo llevas en el alma. Y te pregunto que quién se entera. ¿A cuántas personas que no lo conocen les has hablado de Él en los últimos quince días?

La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Quizá me equivoque, pero tengo la sensación de que muchos cristianos del siglo XXI creen que la religión es para disfrutarla, más que para darla. Rezan, pero no les arde el corazón con el celo por la oveja perdida. Tienen a Cristo, pero lo han dejado mudo.

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Odres nuevos para el nuevo vino

Leídas en sábado, las palabras con que el Señor se refiere al vino nuevo son especialmente evocadoras:

El vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan. Nuevo era el sepulcro donde José de Arimatea enterró al Señor. De algún modo, nuestros sábados discurren en torno a ese sepulcro, que fue el odre en el que reposó el nuevo vino y del que brotó, abiertas sus llagas, dos días después. Así se ha conservado el vino, sentado a la derecha del Padre, y también el odre, centro de peregrinación, dos mil años después, de millones de personas. Nosotros nos recogemos en oración silenciosa tras la piedra, mientras el vino es macerado. Y no estamos solos. Allí, cada sábado, nos acompaña María.

El vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan. Odre nuevo fue el vientre de la santísima Virgen, donde el Espíritu depositó el vino nuevo cuyo adelanto propició la Madre en las bodas de Caná. Ese odre es hoy conservado, íntegro, en el Cielo, junto a su hijo.

Odres nuevos seremos nosotros si comulgamos en gracia y bien preparados. Será la Hostia, en nuestros cuerpos, prenda de inmortalidad.

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