Evangelio 2022

julio 2022 – Espiritualidad digital

Parábola del necio

Llevaba yo la comunión a una mujer que vivía en la miseria, y pregunté a sus hijos cómo permitían que su madre viviera en esa precariedad. Me dijeron que la madre tenía millones en el Banco. Cuando le pregunté a ella, me respondió: «Es por si me pasa algo»… Cuando le «pasó algo», los hijos dilapidaron los millones de la madre a la velocidad a la que gasta uno el dinero por el que no ha sudado.

Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?

¿Qué nos pasa con los bienes materiales? ¿Por qué razón las que deberían ser herramientas que nos permitan alcanzar el Cielo se convierten en grilletes que nos impiden caminar hacia Dios? Me dices que faltaste a Misa porque te quedaste esperando al técnico que venía a reparar la conexión a Internet… ¿De verdad valió la pena? ¿Perdiste la comunión… por unos gigabytes?

No es malo tener dinero. Pero empleadlo para llegar al Cielo, no para apartaros de Dios.

Termino con dos consejos, uno de san Pablo y otro mío: Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Y moríos sin un céntimo.

(TOC18)

De la frivolidad, líbranos, Señor

Herodes es el paradigma de la frivolidad. Y la frivolidad no es necesariamente ajena a las creencias religiosas. Hay frívolos ilustres que exhiben sus creencias religiosas y las visten como se viste un traje de Dior. Les gustan las apariciones, los milagros, los exorcismos… todo ello, ante sus ojos, está lleno de «glamour». El problema es que, al contacto con la frivolidad, las creencias religiosas de desnaturalizan, convirtiéndose en juegos florales para gente ociosa.

Ese es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos. Herodes, que era un frívolo, creía en la resurrección, pero vivía con miedo. Más que una esperanza gozosa, la posibilidad de que alguien pudiera salir del sepulcro constituía, ante sus ojos, una amenaza. Si Juan resucitaba, vendría a vengarse de su verdugo. En su ignorancia –porque la frivolidad es ignorante–, Herodes no esperaba a un resucitado, sino a un zombi.

Así sucede cuando mezclas frivolidad con religión. Tienes creencias, pero vives sin Dios, porque ese dios al que rezas es un ídolo de bisutería. Y el miedo se apodera de ti. Porque, al final, ese frívolo que ha convertido a Dios en su mayordomo sigue temblando de miedo ante la muerte. Mal negocio.

(TOP17S)

Betania

Se me marcha mi querido vicario parroquial. Es triste para mí, pero bueno para él, porque le ha llegado la hora de ser párroco. Y hoy me ha comentado su intención de pintar la que será su nueva casa. Hace bien, pero seguirá siendo la casa de un hombre que vive solo. Como la mía. Los sacerdotes seculares no vivimos bien. En cierta ocasión, un amigo me regaló una flor: «No te preocupes, que no tienes que regarla, es de mentira. Pero ponla en algún sitio, que se nota que en tu casa no ha entrado jamás una mujer».

Jesús tampoco vivió bien durante su vida pública. Dormía en el suelo, en casas prestadas, en un huerto… o no dormía, porque pasaba la noche en oración. Pero, de cuando en cuando, pasaba por Betania, y allí, en casa de Marta, María y Lázaro encontraba un hogar.

¡Cómo lo querían esos hermanos! Cuando cruzaba la puerta de su morada, podía quitarse el abrigo, ponerse las zapatillas, sentarse al fuego y descansar. Fueron pocos momentos, pero, desde que abandonó la compañía de la Virgen, fueron sus únicos momentos de hogar.

Ojalá en nuestras parroquias, y en nuestras almas, encuentre Jesús su Betania.

(2907)

La tolerancia de Dios

La parábola de la red que recoge toda clase de peces no es sino la versión «marina» de la parábola del trigo y la cizaña. Ambas contienen la misma dosis de realismo.

El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Como convivían trigo y cizaña en aquel campo, conviven, en la misma red, peces buenos y malos.

Dios permite el mal en esta vida, y hasta del mal acaba sacando bien. La convivencia con el pecado, el dolor y la muerte nos ayuda a ser misericordiosos, pacientes y humildes. Ser tolerante no es transigir. El pecado es pecado, la virtud es virtud, y Cristo es Dios. Si tienes que morir por defender esas verdades, no temas. Pero, con las personas, sé tolerante. Si Dios permite que pequen, ¿quién eres tú para impedirlo a la fuerza? Ama al pecador, respeta su libertad, sufre su pecado. Jamás lo juzgues. Cuando la barca llegue a puerto, quizá muchos peces malos hayan sido redimidos por la paciencia del Bueno.

(TOP17J)

Secretum meum mihi

«Secretum meum mihi», «mi secreto, para mí», decía, muchas veces, Edith Stein, mientras recorría el camino que la llevaría a ser santa Teresa Benedicta de la Cruz. Sabía que la llama recién encendida en su alma era aún débil, y que cualquier soplo podría apagarla. Por eso era celosa de su intimidad con Dios. También la Virgen guardó en secreto su aventura de Amor hasta que llegó el tiempo oportuno.

El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder. Quizá te extrañe, porque el Señor nos ha mandado anunciar al mundo entero la buena noticia. Pero ese anuncio, si es auténtico, es, siempre, hijo de un secreto, como cualquier hombre es hijo de nueve meses de secreto en el amor del seno materno.

Yo tengo secretos con el Señor que jamás desvelaré a nadie, porque a nadie le importan salvo a Él y a mí. Y espero que lo mismo te suceda a ti. Quien no tiene secretos con Dios no tiene vida interior. Por eso, el afán desmedido de volcar la intimidad en redes sociales mata las almas. Quienes no tienen secretos están vacíos por dentro.

(TOP17X)

Con ojos de nieto

Joaquín y Ana¿Nunca has dicho, al encontrar a alguien a quien llevabas tiempo sin ver: «¡Dichosos los ojos!»? Bien traída está la frase por el Señor, cuando Israel llevaba siglos esperando al Mesías:

«¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron.

Si se refiere Jesús a los ojos del cuerpo, los apóstoles estaban viendo el rostro del Mesías. Pero nuestros ojos, entonces, son infelices, porque no lo ven.

Pero si se refiere a la fe, a los ojos del alma, la bienaventuranza nos sumerge de lleno en su dicha. La fe rasga el horizonte de lo sensible, y nos abre a un mundo nuevo y luminoso. Allí encontramos nuestro hogar, habitamos en la casa del Señor, todo lo suyo es nuestro. El propio Cristo se pone en nuestras manos, y Joaquín y Ana son para nosotros lo mismo que fueron para Él: unos abuelos cariñosos y santos. Abres hoy los ojos, y un anciano te toma en brazos, y una anciana te besa, y tú dices Yayo y Yaya, y te dejas mimar, y eres ¡tan feliz!

¡Dichosos los ojos! ¡Bendita fe!

(2607)

La fuerza que cambia el mundo

Si un día te presentas ante el Señor, y Jesús te pregunta, como a la madre de los Zebedeos: ¿Qué deseas?, no te aseguro que vayas a ver tus deseos cumplidos. En ocasiones, Jesús te pregunta por ellos, no para cumplirlos, sino para elevarlos.

Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. Hablan de política, quieren arreglar el mundo desde la poltrona. Y si, de paso, mejoran sus vidas, tanto mejor.

No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Y ellos se ven sentados junto al gran jefe en una cena, bebiendo de su copa. Y dicen:

Podemos.

Acabáramos.

Todavía quedan cristianos así. Creen que el mal de este mundo está en la política, y que una nueva política los salvará. Pero Cristo nunca descendió a cuestiones políticas, y gritó que el mal de este mundo es el pecado, que afecta a todo hombre.

El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor. Convertido en siervo de todos sobre la Cruz, Cristo cambió el mundo. No son los políticos, sino los santos, quienes tienen la llave de la Historia.

(2507)

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