Evangelio 2022

28 mayo, 2022 – Espiritualidad digital

En alas de un deseo

En español son sólo cuatro palabras, pero suenan como cuatro golpes de espada sobre un lazo que ha quedado roto y llora sangre: Se separó de ellos.

Te separaste de ellos, Jesús. Y no volvieron a verte. Y vivieron esperando el día en que volvieras sobre las nubes del cielo. Y murieron esperando, porque ese día aún no ha llegado.

De nosotros ni siquiera te separaste, porque hemos nacido después de tu marcha, y nunca te hemos visto. ¿No te mueve eso a compasión? Porque, cuanto más te amamos, más desean nuestros ojos ver tu rostro, y tu rostro sigue oculto para ellos. Se clavan en la Hostia, se abrazan al Crucifijo, se esconden tras las puertas del sagrario… pero lloran, porque quieren verte. ¿Cómo es tu sonrisa? ¿Cómo es tu frente? ¿Cómo son tus ojos? ¿Qué ropas llevas puestas? ¿Son grandes tus manos? ¿Y tus pies? ¿Qué color tienen tus cabellos?

Antes quería llegar a ese cielo al que subiste para huir de la muerte. Ahora tengo prisa por cruzar esa puerta que dejaste abierta, pero no llegaré huyendo. Llegaré sediento, porque, más que ninguna otra cosa en este mundo, me mueve el deseo incontenible de ver tu rostro.

(ASCC)

Vivimos en el Nombre

Antes de partir de este mundo, Jesús dijo a sus apóstoles: Si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis.

Pedir algo al Padre en nombre del Hijo no significa decirle a Dios: «Oye, me ha dicho tu Hijo que…». Ni tampoco pedimos en su nombre por el mero hecho de terminar nuestras oraciones con un «por Jesucristo Nuestro Señor. Amén». El sentido de estas palabras es mucho más fuerte que todo eso.

Porque Cristo y su nombre se identifican. Jesús es llamado «el Nombre» en varios pasajes de los Hechos de los Apóstoles. Por tanto, cuando nos invita a pedir en su nombre, nos invita a pedir desde Él. La mediación que, desde la Cruz y desde el Cielo, ejerce ante el Padre por nosotros es tan transparente que, cuando el alma en gracia ora, es Él quien, por su Espíritu, ora en nosotros. Estamos en el Nombre, vivimos en el Nombre, y, por tanto, no pedimos nosotros, sino Él. El Padre mismo os quiere, dice el Señor. Y nos quiere con el mismo Amor con que ama al Hijo, esto es, con el Espíritu.

(TP06S)

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