Evangelio 2022

mayo 2022 – Espiritualidad digital

No a todo el mundo le alegra

Si uno quiere conocer cómo es la verdadera alegría, esa alegría que llena el alma, se asienta en ella, y se queda a vivir con su huésped para siempre, tiene que leer el Magníficat.

Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humildad de su esclava… El Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo… Él hace proezas con su brazo… Auxilia a Israel, su siervo…

Podría transcribir el canto entero. Porque el único protagonista de ese canto, y la única fuente de alegría de la Virgen, es Dios. Nada más, y nada menos.

Hay que rezar mucho, vivir muy recogido y abismado en Dios, para tener esas alegrías, y no las de «he dormido bien», «no me duele nada», «he triunfado», «he sacado adelante mis planes», «me han tratado bien», etc.

Eso no sale solo. A la gente le dices que Dios es bueno, y te responde que muy bien, pero que a él le duele la espalda. Solamente quienes rebosan vida espiritual se llenan de gozo con la bondad de Dios. Y, para rebosar vida espiritual, hay que estar muy llenos de Espíritu. Eso sólo se logra con oración y sacramentos.

(3105)

Malditas sopladoras

Odio las sopladoras. A las 8 de la mañana, un ejército de empleados municipales llena de decibelios el aire, asesinando el silencio de las primeras horas del día. Por las rendijas de las ventanas se cuela la nostalgia de aquellos silenciosos rastrillos. ¿Por qué no volverán? Se fueron para siempre.

Si hay que soportar el ruido, prefiero el del aspirador. El aspirador no esparce, recoge. Es viento que sopla hacia dentro. Y eso me lleva al Viento de Dios, a ese Aliento, también ruidoso, con ruido bueno, del Espíritu Santo.

Está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Aventados por el soplo del miedo, se dispersaron los apóstoles en Getsemaní. Y, aventados por alguna maligna sopladora, nos dispersamos nosotros en mil cosas a lo largo del día, y dejamos solo al Señor.

Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas. Le pido al Espíritu ese recogimiento. Que venga como viento que sopla hacia dentro, y traiga todos mis afanes hacia el centro de mi alma, donde Cristo reposa y me invita a reposar en Él.

(TP07L)

En alas de un deseo

En español son sólo cuatro palabras, pero suenan como cuatro golpes de espada sobre un lazo que ha quedado roto y llora sangre: Se separó de ellos.

Te separaste de ellos, Jesús. Y no volvieron a verte. Y vivieron esperando el día en que volvieras sobre las nubes del cielo. Y murieron esperando, porque ese día aún no ha llegado.

De nosotros ni siquiera te separaste, porque hemos nacido después de tu marcha, y nunca te hemos visto. ¿No te mueve eso a compasión? Porque, cuanto más te amamos, más desean nuestros ojos ver tu rostro, y tu rostro sigue oculto para ellos. Se clavan en la Hostia, se abrazan al Crucifijo, se esconden tras las puertas del sagrario… pero lloran, porque quieren verte. ¿Cómo es tu sonrisa? ¿Cómo es tu frente? ¿Cómo son tus ojos? ¿Qué ropas llevas puestas? ¿Son grandes tus manos? ¿Y tus pies? ¿Qué color tienen tus cabellos?

Antes quería llegar a ese cielo al que subiste para huir de la muerte. Ahora tengo prisa por cruzar esa puerta que dejaste abierta, pero no llegaré huyendo. Llegaré sediento, porque, más que ninguna otra cosa en este mundo, me mueve el deseo incontenible de ver tu rostro.

(ASCC)

Vivimos en el Nombre

Antes de partir de este mundo, Jesús dijo a sus apóstoles: Si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis.

Pedir algo al Padre en nombre del Hijo no significa decirle a Dios: «Oye, me ha dicho tu Hijo que…». Ni tampoco pedimos en su nombre por el mero hecho de terminar nuestras oraciones con un «por Jesucristo Nuestro Señor. Amén». El sentido de estas palabras es mucho más fuerte que todo eso.

Porque Cristo y su nombre se identifican. Jesús es llamado «el Nombre» en varios pasajes de los Hechos de los Apóstoles. Por tanto, cuando nos invita a pedir en su nombre, nos invita a pedir desde Él. La mediación que, desde la Cruz y desde el Cielo, ejerce ante el Padre por nosotros es tan transparente que, cuando el alma en gracia ora, es Él quien, por su Espíritu, ora en nosotros. Estamos en el Nombre, vivimos en el Nombre, y, por tanto, no pedimos nosotros, sino Él. El Padre mismo os quiere, dice el Señor. Y nos quiere con el mismo Amor con que ama al Hijo, esto es, con el Espíritu.

(TP06S)

La respuesta a todas las preguntas

Durante la cena, los apóstoles preguntaron y pidieron muchas cosas a Jesús: ¿A dónde vas? (Jn 13, 36); ¿Cómo podemos saber el camino? (14, 5); Muéstranos al Padre (14, 7); ¿Qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo? (14, 22); ¿Qué significa ese «poco»? (16, 18)… Estaban inquietos, y querían saber.

Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada. Cuando el Señor, por su Espíritu, vuelva al alma del cristiano, cesará el tiempo de la inquietud y comenzará el tiempo del reposo. Él «dulce huésped del alma» es, también, «descanso de nuestro esfuerzo». En Él descansaremos, y no hará falta preguntar nada, porque Él, por el don de sabiduría, nos hará conocer, en silencio, todas las cosas. ¿Acaso necesitaba preguntar algo el discípulo amado mientras recostaba su cabeza en el pecho de Jesús? Fue Simón quien interrumpió su reposo con la pregunta acerca del traidor. Pero Juan, en aquel descanso, no necesitaba saber más.

Así nosotros, cuando venga el Paráclito, que es el beso de Dios, descansaremos en Él y, sin necesidad de pregunta alguna, recibiremos de ese Aliento la verdad plena.

(TP06V)

¿Qué hacemos con los ojos?

Hace tiempo que, en España, no es éste uno de los tres jueves que «relucen más que el sol». Cosas de la conciliación.

Si no hubiéramos tenido que conciliar, hoy celebraríamos la Ascensión. Y leeríamos, en la Liturgia de las Horas, ese precioso poema de fray Luis de León: «¿Qué mirarán los ojos que vieron de tu rostro la hermosura que no les sea enojos? Quien gustó tu dulzura, ¿qué no tendrá por llanto y amargura?». El poeta se introduce en la piel de los apóstoles, desolados por la marcha del Señor, y viene a decir en su gemido: «Después de haber visto tu belleza, ¿adónde miraremos ahora, si ya todo nos decepciona?».

Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver. Y nosotros, Jesús, que nunca te hemos visto, ¿adónde miramos, hasta que vuelvas?

Para empezar, a la carretera, no vayas a tener un accidente. Y a la tele, si la serie es buena. Pero no dejes que tus ojos se queden enganchados en criatura alguna… Cuélgalos de la Hostia, de la Escritura y del Crucifijo. Allí estarán bien guardados hasta que pase este «poco» que a nosotros se nos hace eterno.

(TP06J)

Silencios vivos

Nos enseña la teología que la revelación concluye con la muerte del último apóstol. Así pues, desde que san Juan murió, podemos decir que Dios ya ha dicho todo lo que tenía que decir al mundo, y que nos lo ha dicho en su Hijo Jesús.

Muchas cosas me quedan por deciros… Sorprende, entonces, que el Señor hiciera esta declaración horas antes de morir. ¿Qué son esas muchas cosas que Jesús no dijo durante su vida mortal? ¿Podemos llegar a conocerlas?

Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Si Jesús dejó pendientes muchas cosas por decir, es porque esas muchas cosas no caben en palabras humanas. Son silencios de Amor, de vida y de verdad. No es el Hijo encarnado quien puede pronunciarlas, sino el Espíritu quien las anuncia en su silencio.

No. No todos pueden recibirlas. Sólo pueden recibir esa noticia quienes aman el silencio, escuchan el silencio y habitan el silencio. En esas almas escogidas imprime el Paráclito la noticia del Amor.

Mañana comienza el decenario al Espíritu Santo. Busca el silencio en estos días. Escucha a Dios.

(TP06X)

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