Evangelio 2022

2 abril, 2022 – Espiritualidad digital

Un cruce de miradas

Si hubiera que filmar la escena, yo emplearía dos cámaras: una en el suelo, como en el suelo estaba la mujer, mirando hacia Jesús. La otra la pondría en alto, a la altura de los ojos del Señor, mirando hacia la mujer.

Los acusadores se han marchado. Y la mujer mira al Maestro. Ha pecado, y siente vergüenza; sabe que la humillación a la que ha sido sometida es justo castigo de sus culpas. Pero en el rostro de Cristo no ve acusación, sino ternura. ¿Cómo puede mirarme así, después de lo que he hecho? En esos ojos no hay sólo compasión, hay cariño. Conoce mi pecado, y me ama… ¿Es posible? ¿Puede Dios amarme tanto después de haberle traicionado?

Los ojos de Jesús miran desde lo alto de una cruz. Tu pecado me está taladrando el corazón, pero te amo. No te condeno, sino que soy condenado por ti, porque quiero que vivas. Recibe mi sangre, déjate limpiar, y volverás virgen a casa. Anda, y en adelante no peques más.

¿Qué fue de esta mujer? Quienes sobreviven a un accidente dicen que han nacido de nuevo. Para seguir haciendo lo mismo. Esta mujer nació de nuevo, pero de verdad.

(TCC05)

Palabras de vida eterna

Volvían los guardias del Templo con las manos vacías. Los sumos sacerdotes los habían enviado a prender a Jesús, pero ellos, al escuchar al Señor, habían quedado cautivados por sus palabras. Jamás ha hablado nadie como ese hombre. Enfurecidos, los fariseos exclamaron: Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos.

Vuestras palabras os condenan. Porque si vosotros realmente entendierais de la ley, habríais creído en Jesús, ya que toda la ley apunta a Él. Sin embargo, esas personas sencillas, al escuchar al Señor, descubrieron la ley inscrita en sus corazones, y se conmovieron, porque las palabras de Cristo iluminaban lo más profundo de su ser. No eran malditos, sino benditos por el propio Hijo de Dios: Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños (Mt 11, 25).

 Aquellos benditos soldados dijeron la verdad. Jamás hombre alguno ha hablado, ni hablará, como Jesús. Guarda sus palabras, memorízalas, repítetelas interiormente muchas veces durante el día, saboréalas, y deja que alumbren vida eterna en tus entrañas. Otro hombre sencillo dijo: Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 68).

(TC04S)

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