Evangelio 2022

abril 2022 – Espiritualidad digital

En el Lago

Cualquiera que haya estado en el lago de Genesaret sabe lo tremendamente evocador que resulta ese lugar. Una vez lo has visitado, y has surcado sus aguas, queda en la memoria para siempre. Sales con un lago en el alma, y ese lago formará parte de tu geografía espiritual en adelante.

Muchachos, ¿tenéis pescado?, grita Jesús desde la orilla.

¿Qué vas a darle al Señor, si eres pobre, si tu vida es un fracaso?

Echad la red a la derecha de la barca. Y, junto al pan y el vino, subiste al altar tu pobre vida, con el deseo de emplearla en hacer su voluntad. Cuando el sacerdote presentaba la patena, allí estabas tú, subido a ella. «El Señor reciba de tus manos este sacrificio, quiera Dios aceptar mi pequeña ofrenda».

Extendió el sacerdote las manos sobre los dones… «Esto es mi cuerpo»… Y una voz, dentro de ti, exclamó: Es el Señor. Todo tu ser se precipitó hacia el altar. Te zambulliste en el Padrenuestro y, empapado en el Espíritu que te hace hijo, llegaste a comulgar. Vamos, almorzad.

Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. Y se hizo cielo el alma.

Gracias, Jesús, por el Lago.

(TPC03)

«Sólo Yo soy»

Llega Juan a casa después del partido de fútbol, toca el botón del portero automático de la entrada, y su madre responde: «¿Quién es?». Juan grita: «Soy yo». Y mamá le abre la puerta. Así de sencillo.

Vieron a Jesús que se acercaba a la barca, caminando sobre el mar, y se asustaron. Pero él les dijo: «Soy yo, no temáis». En labios de Jesús, y pronunciadas sobre las aguas del Lago, las palabras «Soy yo» van mucho más allá de la respuesta de un niño ante el portero automático de casa. «Soy yo», dicho por Jesús, significa «Yo soy», y tiene muchísimo que ver con el «No temáis» que lo acompaña.

«Yo soy, sólo Yo soy, todo lo demás no es. Yo soy verdad y el resto es mentira. No temas a la noche, ni a la tormenta, ni a los vientos, ni a los agobios… No pasa nada. O, mejor dicho, pasa todo, todo pasa, porque sólo Yo soy y lo demás no es. Mírame a Mí, abrázate a Mí y, cuando quieras darte cuenta, estará tu barca en el lugar a donde vas, y Yo estaré allí contigo, y todo habrá pasado. Entonces sabrás que Yo soy».

(TP02S)

Tu yugo

Se me enfadan a veces los casados cuando les recuerdo que «cónyuges» son los bueyes unidos por el mismo yugo. «¡Oiga, que no somos bueyes!». Claro que lo somos: somos bueyes, ovejas, perritos, pájaros, lirios… Las palabras del Señor nos han vestido con todo tipo de alegorías preciosas. No se ofenda, por favor.

Tomad mi yugo sobre vosotros y aprenden de mí, que soy manso y humilde de corazón. Quien toma el yugo de Cristo queda convertido en cónyuge del Salvador. Y cónyuge del Salvador fue santa Catalina. Con tanto amor tomó aquel yugo, con tanto fervor se identificó con la Pasión del Señor, que no tenía ya dolores propios, sino los de Cristo. Y así recibió también sus llagas en su cuerpo.

Hazme, Señor Jesús, cónyuge tuyo. Que me duelan los pecados de los hombres, y no preste atención a mis problemas. Que me duela el honor ofendido de tu Padre, que me duela la frialdad de tantos corazones, que me duela la condena de tantas almas que van camino de la muerte. No quiero tener miedo a ese dolor, porque sé que es dolor dulce, dolor de Amor. Ese yugo es tu brazo amoroso posado en mis hombros.

(2904)

Mírate las manos

Lo hemos escuchado muchas veces: nadie se salva solo. La santidad es el asunto menos personal del mundo, y lo mismo sucede con el pecado. Mi vida afecta, para bien o para mal, a las vidas de otras muchas personas.

Llegada la Última Cena, dice san Juan que Jesús supo que el Padre había puesto todo en sus manos (Jn 13, 3). Se estremecía por dentro pensando que la redención de los hombres dependía de su obediencia.

El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. Déjame recordarte que ese Hijo, Jesús, te ama como el Padre lo amó. Mírate las manos. ¿Acaso crees que están vacías? Tu mujer, tu marido, tus hijos, tus compañeros de trabajo, tus vecinos, tus amigos, tus compatriotas… Todo cuanto hagas les afecta, para bien o para mal.

Sé que puede provocar cierto vértigo, pero mejor sentir ese vértigo que caminar frívolamente por la vida. Un mal pensamiento consentido en un rincón del pasillo de tu casa afecta a la Creación entera. Y un acto de amor realizado en tu interior, sin que nadie lo advierta, puede redimir muchas almas y sacar otras tantas del Purgatorio.

Ten cuidado con tu vida.

(TP02J)

El maldito bolero y santa Teresa

Según el maldito bolero, tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor. ¡Qué triste es, entonces, la vida! Porque la salud dura lo que dura, y después se despeña en enfermedad y muerte; el dinero te narcotiza mientras esperas a una muerte que siempre llega; y el amor, si no es truncado por la traición, acaba inexorablemente truncado por la muerte. Si sólo hay tres cosas en la vida, ninguna de ellas puede salvarnos. Estamos perdidos.

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. El maldito bolero olvidó a Cristo. Él es la vida eterna. Si lo tengo a Él, tengo vida; si no lo tengo, estoy muerto aunque rebose salud, dinero y amor.

No reniego, en todo caso, del maldito bolero. Quisiera convertirlo en bendición. Quiero salud para gastarla en llevar a cabo las obras de Cristo. Quiero dinero para abrir caminos que me permitan anunciarlo en este mundo. Y quiero amor, amor a raudales, para transfigurarlo en el único Amor verdadero. Pero, aunque no tuviera ninguna de esas tres cosas, «quien a Dios tiene nada le falta».

(TP02X)

Sed santos, sed sabios

No puedo evitar cierta nostalgia en la fiesta de san Isidoro. En aquel sigo VII, y durante toda la Edad Media (¡y hasta no hace mucho!), santidad y sabiduría caminaban de la mano. San Isidoro compiló todo el saber de la época en sus escritos. Los niños eran educados por los clérigos, y el arte y la cultura llevaban el perfume de Cristo.

Hoy día (y no quisiera entristecerme en Pascua), el arte y la cultura occidentales huelen a todo menos a Cristo. Parece que los cristianos hubiéramos desaparecido del mundo de la literatura, del cine, de la música, de la pintura… ¿Dónde estamos?

Os lo digo a vosotros, a quienes leéis estas líneas. Y, a buen seguro, san Isidoro se une a mi clamor: No permitáis que se nos convierta la piedad en un sentimentalismo ñoño. No os conforméis con «sentir» cosas delante de un sagrario, o de una custodia, o de un crucifijo. Por el Amor de Dios, leed, estudiad, formaos. Si en vuestra parroquia no hay un aula de teología, pedidle al párroco que la instaure.

No basta con rezar. Hay que saber. Porque quien conoce ama, y quien ama desea conocer más.

Sed santos, sed sabios.

(2604)

Nacidos a una vida nueva

Cuando Jesús, antes de ascender a los cielos, se refiere al bautismo, ya no habla del bautismo de Juan, ni de las abluciones rituales que solían realizar los judíos. Porque, al salir del sepulcro, Cristo ha inaugurado el nuevo y definitivo bautismo, del que todos aquellos baños no eran sino figuras:

El que crea y sea bautizado, se salvará.

Quien, por el sacramento del Bautismo, resulta bañado en la Pasión de Cristo y amanecido a su resurrección gloriosa, se salva, porque es alumbrado a una vida nueva, que los profetas no pudieron sino soñar. Allí, en esa vida nueva que disfruta el alma en gracia, el cristiano respira cielo mientras vive todavía en la tierra.

Echarán demonios en mi nombre, porque el demonio resulta expulsado del alma por el agua bautismal. Hablarán lenguas nuevas, porque, en ese santuario, el cristiano habla con Dios con los gemidos inefables del Espíritu. Cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño, porque la misma muerte nada puede contra el alma en gracia, sino llevarla al Paraíso. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos. ¡Qué nos lo digan a los sacerdotes! Lo comprobamos en cada absolución.

(2504)

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