Evangelio 2022

1 enero, 2022 – Espiritualidad digital

¡Madre de Dios!

Lo repetimos, una y otra vez, en cada avemaría: «Santa María, Madre de Dios…». Pero ¿sabemos lo que decimos? ¿Somos conscientes del hecho extraordinario que encierran estas palabras?

Porque la madre precede al hijo. ¿Acaso puede una criatura preceder a Dios? La madre, cuando el hijo nace, lo supera en sabiduría. ¿Puede alguien saber más que Dios?

Son disparates. No debería ser posible que una criatura precediera al propio Dios en el tiempo ni en la sabiduría… Salvo que ese Dios, en un arrebato de locura de Amor, se hubiera humillado a Sí mismo hasta esconderse detrás de esa criatura.

María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Estas cosas son los prodigios de ese Amor divino. Y María, asombrada, las meditaba cuando, aún encinta, se palpaba el vientre donde se ocultaba todo un Dios recién llegado; cuando, en Belén, protegía con sus brazos a su Creador; cuando, en Nazaret, enseñaba a hablar a la Palabra y vestía con dulzura a quien vistió los campos con la hierba; cuando alimentaba con su pecho a quien alimentó a su pueblo con el maná.

¡Qué locura! ¡Qué disparate! ¡Qué maravilla! ¿Seguiremos sin temblar al pronunciar «Madre de Dios»?

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