Evangelio 2022

enero 2022 – Espiritualidad digital

Al Ramón como al jamón

¿Crees que los demonios hacen distingos entre hombres y cerdos? A la hora de elegir, los hacen. Los hombres preferimos comer jamón a comer Ramón, pero los demonios prefieren el Ramón al jamón; porque Ramón es imagen y semejanza de Dios, y eso lo convierte en bocado exquisito para los demonios. Sin embargo, a la hora de habérselas con sus víctimas, los demonios no hacen distingos: tratan a los hombres como si fueran cerdos.

Se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al mar y se ahogó en el mar. Con los hombres hacen igual: convierten la vida en una cuesta abajo. «¿Por qué esforzarte? ¡Déjate caer!». Cuando era niño, una tía mía criada en Galicia me enseñó este diálogo macabro y matutino con la pereza: «–Pereza, por tu santa nobleza, déjame levantar – Anda, mi niña, si estás calentiña, vuélvete a acostar». Pecar es fácil, basta con levantar el freno y caer… Hasta que te estrellas en el acantilado de la muerte y la condena.

Dios, con el hombre, hace todo lo contrario: lo invita a subir al Calvario, para, en la cima, encontrar la vida.

Tú sabrás a quién haces caso.

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“Evangelio 2022

Desde la butaca

La actitud de los nazarenos hacia Jesús recuerda mucho a la de Herodes. Mientras mantenía encarcelado a Juan Bautista, acudía a su celda y lo escuchaba con gusto (Mc 6, 20). Pero, en cuanto terminaba el sermón, volvía a su pecado. Después mató a Juan, y su interés se centró en Jesús. Tenía ganas de verlo (Lc 9, 9); pero, cuando lo tuvo delante, lo trató como a un mono de feria y le pidió que le hiciera un milagro (cf. Lc 23, 8). Como Jesús no se prestó al juego, lo devolvió a Pilato para que lo matase.

Aquellos nazarenos parecían hijos de Herodes. Tras escuchar a Jesús, todos le expresaban su aprobación. Pero, inmediatamente, le pidieron signos: haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún. Y, como Jesús no los hizo, sino que puso en evidencia su poca fe, lo quisieron despeñar por un barranco.

Mucha gente asiste a la vida de Cristo desde la butaca del teatro. Desde allí se aplaude o se abuchea mientras se devoran palomitas. Pero Cristo no quiere fans que lo aplaudan ni críticos que lo maten; quiere discípulos que lo sigan. Y apenas los encuentra.

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El que duerme con un ojo abierto

Dice el salmo: Tu guardián no duerme. No duerme ni reposa el guardián de Israel (Sal 121, 3-4). Pero estas palabras se escribieron antes de que Dios se encarnase. Cuando el Verbo se hizo carne, Dios empezó a dormir.

Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Ahí lo tienes, todo un Dios dormido, mientras las olas y el viento amenazan la vida de los suyos. Y los apóstoles, al ver a Dios dormido y a la tormenta despierta, temblaron de miedo y despertaron a Dios.

Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Esa fe que Jesús pide a sus discípulos es una confianza que va más allá de las olas, las tormentas, los vientos, las tinieblas y las soledades. Ves a Dios dormido, y sigues creyendo en el salmo, porque sabes que, aunque duerma, Dios no pierde nunca el control. Parece que te ha abandonado, que se ha olvidado de ti, y sigues creyendo que nada malo te puede suceder porque, aunque dormido, permanece a tu lado.

Yo dormía, pero mi corazón velaba (Ct 5, 2). Esa fe consiste en creer que Dios duerme con un ojo abierto. Y ese ojo te protege. Tranquilo.

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En el mejor momento

San Martín de Tours conoció, por adelantado, el día de su muerte. No sé si le envidio. Creo que prefiero no tener marcada esa fecha en el calendario. Me bastará con que los míos tengan la caridad de avisarme cuando el momento esté cerca. Quisiera prepararme para ese encuentro definitivo.

Puedo morir recién comulgado, en la sacristía, con la casulla todavía puesta tras celebrar la santa Misa, o puede que una mañana, al salir de casa, me atropelle el camión de la basura. Hombre, preferiría el primer escenario, pero, en el fondo… ¿qué más da?

Primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega. Me basta con eso: sé que moriré en el mejor momento, cuando el grano esté a punto. Me lo ha prometido el Señor, como te lo ha prometido a ti. Hasta que ese momento llegue, sólo debo procurar dejarme alimentar por el divino Jardinero que cada mañana hace caer desde el cielo su palabra como lluvia; dejarme limpiar cuando llegue el tiempo de poda; y crecer sólo hacia arriba, como quien busca, en el Cielo, el cuerpo glorioso del Amor encarnado.

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Los que no tienen prisa

Al terminar la misa de la mañana, salí para ejercer de chófer: el asiento del copiloto lo ocupaba el Santísimo, a quien llevaba yo a visitar a sus enfermos, con quienes tanto disfruta. Y, al pasar frente a la puerta de la parroquia, vi a dos feligresas, recién salidas de misa, charlando amigablemente. Estuve haciendo mi trabajo de chófer durante toda la mañana. Y cuando, a la hora de comer, regresaba… las dos feligresas seguían allí, charla que te charla. «¡Qué forma de perder la mañana!», le dije a mi Pasajero.

¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero? Nuestros templos no dejan de ser celemines y camas para la luz. Allí hablamos de Dios a escondidas, ocultos al mundo. Pero quien de verdad se deja quemar sale del templo convertido en candelero, y necesita iluminar el mundo con la luz de Cristo. De él está dicho: Al que tiene, se le dará. Porque el fuego que le consume es cada vez mayor.

En cambio, quien sale del templo sin deseos urgentes de anunciar a Cristo no tiene nada. Y se le quitará hasta lo que tiene.

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¡Muerte al ego!

Ayer celebrábamos la conversión de san Pablo, y en aquel cambio radical que convirtió al fariseo en apóstol quedó claro que la vida no cambia porque te digan algo, sino porque te encuentres con alguien. Pablo había oído predicar a los cristianos, pero su vida cambió cuando se encontró con Cristo.

La predicación es necesaria, pero no basta. Quien predica habla para presentarte a alguien, pero ese alguien debe aparecer y entrar en tu vida, haciéndola cambiar desde la médula.

Decidles: «El reino de Dios ha llegado a vosotros». Para que yo pueda anunciar que el reino de Dios ha llegado a los hombres, y los hombres me crean, es necesario que yo desaparezca y muera; que sólo Cristo brille en mí sin que mi ego se interponga. No debo pretender exhibirme sino, al revés, ocultarme. Y debo estar tan lleno de los sentimientos de Cristo que llegue a ser otro Cristo, el mismo Cristo entre los hombres.

Por eso el propio san Pablo le pide a Timoteo: Toma parte en los padecimientos por el evangelio (2Tim 1, 8). En otras palabras: «No te conformes con hablar del Crucificado. Identifícate con Él, para que los hombres lo vean en ti».

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Un pipiolo enamorado

Me cuentas que ese amigo tuyo, hasta ayer ateo, asistió, por fin, a un retiro de fin de semana y le ha cambiado la vida. Hoy parece que le brillase la cara. Quieres llevarlo a varios grupos de jóvenes para que dé testimonio, y así atraiga a más almas al Señor. Y yo me alegro contigo de tan buena noticia, y doy gracias a Dios por ese cambio. Pero debo recordarte que tu amigo aún no sabe nada sobre la fe de la Iglesia, y que una cosa es convertirse y otra santificarse. No lo vayas a canonizar antes de tiempo, y no vayas a convertir en maestro a quien aún ni siquiera sabe recitar los mandamientos de la Ley de Dios.

Tu amigo ha visto una luz, como Pablo. Pero ahora, como Pablo, necesita a un Ananías que lo eduque. Después podrá él ayudar a otros.

El que crea y sea bautizado se salvará. ¿Sabes cuánto tiempo transcurría desde que el prosélito creía hasta que era bautizado? Años; años de escondimiento, formación, fidelidad y lucha ascética. Por tanto… paciencia y trabajo. Enamorarse es muy bonito; conocer al Amado y entregarle la vida es distinto: es maravilloso, pero lleva tiempo.

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