Evangelio 2022

enero 2022 – Espiritualidad digital

El punto de fusión del corazón

Dice el salmo 147 que, cuando Dios mira la nieve, la escarcha y el hielo, envía una orden y se derriten, sopla su aliento y corren las aguas (Sal 147, 18). Sin embargo, cuando el corazón del hombre se endurece, ni la propia mirada de Dios hecho carne lo puede fundir.

Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano». La extendió y su mano quedó restablecida. En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él. Ante aquella mirada de Cristo, llena de dolor y de ira, el corazón de los fariseos, en lugar de derretirse, se endureció aun más. ¡Qué terrible misterio, el del pecado! Cuando el pecador endurece su corazón, al final es el de Cristo el que funde, y llora como lloró ante Jerusalén.

Desde aquí te pido, Señor, que sea tu corazón fragua donde el nuestro se derrita como cera. Que se nos abrase el pecho en la oración, para que así nos rindamos a tu Amor. Que jamás nos tengas que mirar con ira, sino que tus ojos se complazcan al mirar nuestros corazones entregados a tu misericordia.

(TOP02X)

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Vuestro sacerdocio

Cuando, tras recibir el agua bautismal, un niño es ungido con el santo crisma, se proclama que queda consagrado como «miembro de Cristo sacerdote, profeta y rey». ¡Ahí es nada!

No sé si los seglares sois conscientes del tesoro del sacerdocio común de los fieles. Aunque distinto del sacerdocio ministerial, que consagra al varón y lo une inseparablemente a Cristo cabeza y esposo, ese sacerdocio os convierte en otros Cristos, y une vuestra ofrenda a la del Sumo y Eterno sacerdote. Todos vosotros, hombres y mujeres, sois verdaderos sacerdotes si vivís en gracia, y ejercéis vuestro sacerdocio desde el primer momento del día, cuando hacéis el ofrecimiento de obras. Es la vida de Cristo la que estáis presentando al Padre.

Cuenta Jesús cómo David entró en la casa de Dios, comió de los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a quienes estaban con él. Mucho más vosotros, al comer el Pan de vida, os incorporáis al sacerdocio de Cristo, quedáis ofrecidos con Él, y queda cumplido lo que el presbítero suplica en la Plegaria: «Que él nos transforme en ofrenda permanente».

Sois más que David. Sois sacerdotes, como Cristo.

(TOP01M)

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Somos unos vividores

Entiendo que los fariseos y, sobre todo, los discípulos de Juan se pusieran nerviosos al ver comer y beber a los apóstoles: Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?

Juan ayunaba, y enseñó a sus discípulos a ayunar. También los fariseos ayunaban conforme a la Ley. Pero Juan ayunaba en espera del Mesías, y también la Ley era una preparación para los tiempos del Salvador. Ahora el Cristo estaba entre los hombres: ¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?

Los cristianos ayunamos, pero también festejamos. Y, si nos preguntan qué nos gusta más, respondemos sin dudarlo: comer y beber. No me refiero ahora al gusto carnal; un cuerpo sano siempre gusta de comer y beber. Me refiero al espíritu: nuestro espíritu disfruta mucho más comiendo y bebiendo que ayunando, porque ayuna esperando al Señor, y come y bebe festejando su presencia.

Ayunamos una hora antes de comulgar; no descuidéis nunca el ayuno eucarístico. Pero, durante la Misa, comemos y bebemos: devoramos la Palabra, nos saciamos en la Eucaristía, y bebemos el vino nuevo del Espíritu. ¡Menudo atracón!

Somos unos vividores. Y a mucha honra.

(TOP02L)

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La importancia de un buen vino

El primer milagro de Jesús sucedió entre borrachos. Lo sabemos por las palabras del mayordomo: Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio… «cuando ya estamos borrachos, nos sacas el Vega Sicilia».

Así fue. La Humanidad había bebido hasta la náusea el vino peleón del pecado; se había embriagado hasta olvidar quién era su Padre. De repente, aparece el Redentor. Una mujer ruega «por nosotros, pecadores», y Jesús pide que cojamos agua. El borracho no quiere agua, del agua se está quitando, cómo se te ocurre invitar a un lujurioso al rosario de la aurora. Pero la madre dice a los borrachos: Haced lo que él os diga.

Y va el lujurioso al rosario de la aurora, y el publicano sigue a Jesús, y la meretriz se postra a sus pies… Entonces prueban el Vega Sicilia, el vino nuevo de la gracia, y despiertan a la verdadera alegría, a esa «sobria embriaguez del Espíritu» que hizo a la Virgen cantar el Magnificat y a los apóstoles hablar en lenguas sobre Jerusalén.

En ese momento te das cuenta de que la vida sabe mejor cuando has sabido elegir bien el vino.

(TOC02)

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Lo que nadie preguntó

Le bastó a Jesús una palabra para cautivar el alma de Mateo: Sígueme. Con la misma palabra cautivó a Felipe, Juan, Andrés, Simón… Y, en ninguna de las ocasiones en que la pronunció, el aludido respondió: «¿A dónde?».

Si a mí me aborda por la calle un señor con barbas y me dice «sígueme», y yo contemplo la posibilidad de obedecerle, primero le pregunto: «¿A dónde quieres llevarme?». A Jesús nadie se lo preguntó. Le siguieron sin más.

¿Por qué? Porque a aquellos hombres no les importaba lo más mínimo. La mirada de Cristo, y su voz, habían despertado en lo más profundo de sus corazones los mismos sentimientos que la voz de un padre despierta en el corazón de un hijo, o la del buen Pastor en la oveja de su redil. Supieron, en un instante, que aquel hombre que les hablaba lo era todo para ellos, y que el mero hecho de caminar junto a Él convertiría su camino en meta, y su destierro en hogar. Sólo Juan preguntó: ¿Dónde vives? (Jn 1, 38).

Es lo mismo que decir: «Quiero vivir contigo». Porque, si alguno hubiera respondido al Sígueme con un «¿Adónde?», la respuesta hubiera sido: «A mí».

(TOI01S)

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¡Mi todo!

En España –especialmente en Andalucía– hay devoción por la imagen de «nuestro Padre Jesús». La primera vez que escuché la advocación me sonó distorsionada. ¿No es Jesús nuestro hermano, y su Padre el Padre nuestro? Inmediatamente, me vino al pensamiento la oración que aprendí desde niño: «Señor mío Jesucristo… Creador, Padre y Redentor mío». Y me di cuenta de que, siendo mi hermano, Jesús es también mi padre.

Hijo, tus pecados te son perdonados. Así habla Jesús con aquel paralítico, y lo llama «hijo». También cuando se alejaba el joven rico dijo a sus apóstoles: Hijos, qué difícil es entrar en el reino de Dios (Mc 10, 24). Y, poco antes de morir, en el Cenáculo: Hijitos, me queda poco de estar con vosotros (Jn 13, 33).

Cristo es padre, porque con su sangre ha fecundado a su esposa, la Iglesia, y así la Iglesia me dio a luz en el Bautismo. Y es también madre, porque ha sufrido dolores de parto por mí mientras yo nacía de su costado. El propio Pablo decía a los Gálatas: Hijos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto (Gál 4, 19).

Mi hermano, mi padre, mi madre, mi redentor… ¡Mi todo!

(TOI01V)

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Si Dios quiere, y quieres tú…

leprosoMe han impresionado tus palabras: «Padre, si yo quiero vencer al pecado, y el Señor, que es omnipotente, también quiere que lo venza… ¿por qué sigo pecando?». ¡Qué gran pregunta!

– Si quieres, puedes limpiarme. – Quiero, queda limpio. Es, exactamente, el mismo caso. Si el leproso quiere quedar limpio, y Jesús, que es Dios, quiere limpiarlo, nada se les puede oponer. El leproso, en efecto, fue curado.

Entonces, ¿qué es lo que no funciona contigo? Vayamos por partes: Jesús es Dios, eso no falla. Dios quiere que venzas al pecado, eso tampoco falla. Por tanto, y por exclusión, el fallo está en la pieza que falta: ¿Realmente quieres vencer al pecado? ¿Realmente quieres ser santo?

No me grites, que ya me has dicho que sí, que quieres. Pero, si realmente quisieras, quizá no te pondrías en ocasión de pecar con tanta frecuencia. Si realmente quisieras, quizá no te rendirías sin lucha, como haces tantas veces. Si realmente quisieras, quizá rezarías más de lo que rezas, sabiendo que la oración y los sacramentos protegen tu alma.

Míratelo otra vez. Yo creo que no lo quieres tanto como el leproso quería ser sanado. Quizá tengas que fomentar en tu alma los grandes deseos.

(TOP01J)

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