Evangelio 2022

30 diciembre, 2021 – Espiritualidad digital

Profetisa y profecía

Ana era profetisa. Pero también era, en sí misma, una profecía.

Era profetisa porque alababa a Dios, y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Sus labios, como los de los profetas, estaban consagrados al Señor. Y pronunciaban palabras de vida.

Pero, además de eso, su propia vida era una profecía, y a nosotros nos corresponde escucharla, interpretarla y alegrarnos con ella. No se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Vivía entre aquellas piedras de las que, más adelante, diría Jesús: Llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida (Lc 21, 6). En cuanto a quienes la escuchaban, quienes aguardaban la liberación de Jerusalén, era una liberación política la que esperaban. Y nunca llegó.

Pero Ana es profecía: su vida consagrada a Dios nos invita a no apartarnos del templo verdadero, el del alma en gracia, a vivir recogidos en oración día y noche, a ser contemplativos en medio de nuestras tareas cotidianas. Y nos anuncia la liberación que esperamos: la del espíritu, esclavizado por la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la arrogancia del dinero (1Jn 2, 16).

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