Evangelio 2022

diciembre 2021 – Espiritualidad digital

Tu lugar en el Misterio

El prólogo del evangelio de Juan es habitable. Uno podría quedarse a vivir allí, pasar la vida meditándolo, y morir entre gozos sublimes sin haber logrado más que arañar su superficie. Es tal su profundidad, que nadie que la haya atisbado podrá creer que esas palabras hayan sido escritas por un hombre sin inspiración del propio Dios. Los hombres no podemos abrir esos abismos infinitos.

A cuantos lo recibieron les dio poder de ser hijos de Dios. Yo no soy «otro» hijo de Dios, ni tiene Dios muchos hijos. Dios tiene un Hijo, y ese Hijo habita en mi alma porque yo lo he recibido en lo más profundo de mi ser. Sin anularme, al revés, colmándome de vida, lo conquista todo y me hace uno con Él. Soy hijo porque el Hijo mora en mí y grita «Abbá».

No soy eterno; he tenido un principio. Pero el Eterno mora en mí, y me hace partícipe de su eternidad. Hay en mí un recuerdo de la intimidad entre el Hijo y el Padre.

Mi lugar, ante el Misterio, no está con los pastores; está en el pesebre. Soy hijo de María, hijo de Dios, porque el Hijo habita en mí.

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Profetisa y profecía

Ana era profetisa. Pero también era, en sí misma, una profecía.

Era profetisa porque alababa a Dios, y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Sus labios, como los de los profetas, estaban consagrados al Señor. Y pronunciaban palabras de vida.

Pero, además de eso, su propia vida era una profecía, y a nosotros nos corresponde escucharla, interpretarla y alegrarnos con ella. No se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Vivía entre aquellas piedras de las que, más adelante, diría Jesús: Llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida (Lc 21, 6). En cuanto a quienes la escuchaban, quienes aguardaban la liberación de Jerusalén, era una liberación política la que esperaban. Y nunca llegó.

Pero Ana es profecía: su vida consagrada a Dios nos invita a no apartarnos del templo verdadero, el del alma en gracia, a vivir recogidos en oración día y noche, a ser contemplativos en medio de nuestras tareas cotidianas. Y nos anuncia la liberación que esperamos: la del espíritu, esclavizado por la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la arrogancia del dinero (1Jn 2, 16).

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¡Dichosos los ojos que te ven!

A aquel anciano le había sido revelado que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Y cuando, al fin, tuvo entre sus brazos al Salvador, exclamó: Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz.

No quiso decir que tuviera deseos de morirse. Ni de sus palabras podéis deducir que entregara su alma esa misma noche, una vez que hubo visto al Mesías. Lo que Simeón dejó entender es que su vida estaba cumplida. Él fue el compositor original del canto «Véante mis ojos, dulce Jesús bueno. Véante mis ojos, muérame yo luego», que tanto gustaba a Teresa de Jesús. Y así sabemos que, no sólo él, sino todos los hombres hemos sido creados para gozar de la hermosura infinita del rostro de Cristo. Y que, hasta que no contemplemos esa hermosura, nuestra dicha no será completa.

Por otro lado, Simeón estaba expresando su deseo de morir a este mundo y vivir sólo para Dios. Vuelvo a otro poema, en este caso de Fray Luis: «¿Qué mirarán los ojos / que vieron de tu rostro la hermosura/ que no les sea enojo?».

Por eso guardamos la vista. Porque esperamos ver a Cristo.

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Otra abuela descreída

En la homilía del bautizo del niño, expliqué a los padres: «Mirad que os llevaréis a casa un santo». Y, terminada la ceremonia, la abuela me dijo: «El niño ya era santo cuando lo trajimos a la iglesia». También a esta abuela, como a la de ayer, la sonreí con pena. Seguramente, nunca había rezado el salmo 50: En la culpa nací. Pecador me concibió mi madre (Sal 50, 7). Los niños, al nacer, ni son guapos ni son santos. Son muy queridos por Dios, por los ángeles y por sus abuelas.

Lo santos inocentes fueron concebidos en pecado, y en pecado nacieron. Pero de tal manera se unieron a Jesús, y al sacrificio redentor que había comenzado a ofrecerse en un pesebre, que la Iglesia afirma que, por anticipado, fueron bañados en la sangre de ese Cordero. A esa sangre se refiere san Juan: La sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado (1Jn 1, 7). Los llamamos inocentes, no porque nacieran santos, sino porque fueron santificados.

Llénate de alegría. La misma sangre que hizo de esos niños el cortejo de honor del Cordero te purificará a ti, y te devolverá la inocencia que perdiste en Adán.

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Luces, belenes y bolas

Era un día como hoy, lleno de Navidad por todas partes, y yo leía en mi asiento del tren. Frente a mí, una mujer viajaba con su nieto. El niño hizo una gracia, yo me reí, cerré el libro, y la abuela y yo comenzamos a hablar. Llevaba a su nieto al centro de Madrid para que contemplase los adornos navideños. Como mi clergyman me delata, la mujer me dijo: «Yo no soy muy… bueno… algo tiene que haber, pero…». Sonreí con lástima. Porque ese «algo» que tiene que haber ha tomado carne, se ha hecho visible, y una abuela que ya no es capaz de reconocerlo se conforma con que su nieto vea luces, belenes y bolas.

Entonces entró también el otro discípulo. Vio y creyó. Las luces, los belenes y las bolas son importantes en Navidad. Como lo es el atuendo de los sacerdotes. Son signos que muestran una gracia que se ha hecho visible. Pero esa gracia está pidiendo a gritos unos ojos que conozcan, que vean y crean.

Recé por los ojos de la abuelita. Y por los del nieto. Y por los tuyos y los míos, para que sepamos reconocer, tras lo visible, lo invisible.

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El fuego que convierte una casa en un hogar

Nadie imagina un belén sin María y José. La mula y el buey son todo un detalle, pero ni el primer Adán ni el nuevo encontraron compañía en las bestias. No es bueno que el hombre esté solo (Gén 2, 18).

Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. El Verbo no vino a este mundo solo. Quiso el Padre para el Hijo lo que quiere para todo hombre: que habite en un hogar. Y que pudiera decir «papá» y «mamá», porque el alma está fría si no se arrima al calor de una familia.

Mirad una casa, grande o pequeña: es sólo una casa. Dejad que la habite una familia, y se convierte en un hogar. Necesitas saber que hay una puerta tras la cual arde un fuego, y que, al cruzarla, allí te quieren por ser quien eres. Y no tienes que aparentar, porque te conocen. Y puedes abrir los labios y pronunciar esas dos palabras maravillosas: «papá» y «mamá».

Papás, mamás: ¿qué arrojaréis a la hoguera que convierte vuestra casa en hogar? ¿Qué quemaréis allí? Os lo diré: vuestros egos. Cualquier sacrificio es pequeño con tal que haya calor tras vuestra puerta.

(SDAFAMC)

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La luz tras las mascarillas

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló (Is 9, 1).

La Humanidad camina entre sombras de muerte. Celebramos la Nochebuena en medio de una pandemia, con miedo en todo el mundo. Acogotados, escondidos tras mascarillas y cuarentenas… Parecíamos ahogarnos en la muerte.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Entonces dirigimos nuestros ojos, durante la Misa del Gallo, a la imagen de un niño. Nos pareció una gota de agua manando de una piedra, y percibimos cómo la vida se abría paso a través de la muerte. Amanecía.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla. Sonreímos. Y, detrás de las mascarillas, resplandeció esa luz. Como ascua encendida, huyó hacia lo profundo de las almas, y allí prendió en hoguera abrasadora. Nos sorprendió que las mascarillas no ardieran.

Casi sin darnos cuenta, todo se iluminó. Y supimos, mirando a ese niño, que un torrente de gracia vivificadora mana a borbotones desde Belén y lo inunda todo. Ninguna pandemia puede poner en peligro la vida alumbrada en nuestras almas.

¡Feliz Navidad!

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