Evangelio 2022

octubre 2021 – Página 3 – Espiritualidad digital

Lo que no sabéis

Cuando Santiago y Juan, todavía convencidos de que Jesús de Nazaret instauraría en la tierra un reino temporal, le piden al Señor sentarse a su derecha y a su izquierda en su gloria, Jesús les responde: No sabéis lo que pedís.

Es lo mismo que decir: «Pedís lo que no sabéis, lo que no conocéis. No sabéis lo que es mi gloria, y tampoco sabéis distinguir mi derecha de mi izquierda. Pensáis en una gloria terrena, adornada con honores, riquezas y poder. Pero, dentro de un tiempo, me escucharéis pedir a mi Padre: Glorifica a tu Hijo (Jn 17, 2). Y, poco después, tú, Juan, verás mi rostro cubierto de sangre y salivazos, coronado de espinas. Ésa es la gloria que no conoces, la de la sangre. Entonces verás a dos hombres sentados donde tu hermano y tú os queréis sentar: a mi derecha y a mi izquierda. ¿Querrías ocupar su puesto? ¿Querríais tu hermano y tú ser crucificados en las cruces de dos ladrones?»

¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?

La pregunta es para ti, y también para mí. Pero tú y yo, a diferencia de aquellos hermanos, sabemos cuál es ese cáliz. Nos toca responder.

(TOB29)

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No culpes a Dios de lo que te pasa por…

Las palabras de Jesús sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo siempre han provocado perplejidad.

Todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre podrá ser perdonado, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.

¿Acaso no es capaz Dios de perdonar todo? ¿Por qué, entonces, quien blasfeme contra el Paráclito no obtendrá el perdón?

Respuesta: Porque el Espíritu Santo es el perdón mismo de Dios. Él es el Amor que, al alcanzar al pecador, se vuelve perdón y misericordia. Pero si el pecador reniega del Paráclito, él mismo se cierra al perdón.

Supón que estás a punto de morir de sed en un desierto, y Dios alumbra para ti una fuente de agua limpia y abundante. Si tú dices: «¡Maldita sea esa fuente! ¡Lejos de mí esa agua!»… ¿culparás a Dios de haberte matado de sed? ¿No deberías culparte a ti mismo, por haber renegado de lo que te daba vida?

Del mismo modo, cuando un pecador reniega de la Iglesia, de los sacerdotes y de los sacramentos, a sí mismo se condena. Porque la Iglesia y sus sacramentos son la fuente que mana el perdón a través del caño de los sacerdotes.

(TOI28S)

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¿Qué mandáis hacer de mí?

Me dices que te cuesta leer a santa Teresa. Intentaste abordar «Camino de perfección» y «Las moradas», y aquello se te escapaba. No te culpo. Ni a ella. Poner en palabras lo que Dios ha revelado en silencios es muy difícil, si primero uno no ha escuchado esos silencios. También es verdad que, cuando uno los ha escuchado, esas palabras despiden una luz maravillosa.

Pero no vayamos tan lejos. Si quieres asomarte al alma de esta bendita mujer, te mostraría tan sólo un poema: «Vuestra soy, para Vos nací. ¿Qué mandáis hacer de mí?». Repítete estas palabras durante todo el día, medítalas, y habrás celebrado a la santa con gran provecho para tu alma.

Porque esas palabras son el eco del «Fiat» de la Virgen. El santo no le dice a Dios: «Te voy a edificar un imperio», sino «haz de mí lo que desees».

Has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Pequeño, muy pequeño hay que ser para decir: «Pues del todo me rendí, ¿qué mandáis hacer de mí?». Que no otra cosa es la santidad sino dejar de luchar contra Dios y rendirse enteramente a su amoroso designio.

(1510)

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Los que lo han visto, y los que no lo ven

Ya he hablado de los peligros de la «línea directa» o el «teléfono rojo». Tomar como directamente venidos del cielo pensamientos o emociones que surgen de repente en el corazón, sin discernirlos antes en la dirección espiritual, es exponerse a toda clase de riesgos.

Como sacerdote, me aterran dos tipos de personas: los que lo han visto, y los que no lo ven. Los primeros se te acercan emocionados a decirte: «Padre, he visto con toda claridad, delante del sagrario, que…». Dejadme deciros que, delante de un sagrario, se pueden ver con toda claridad muchas majaderías. Y si las tomas por venidas del cielo, majadero acabarás. Luego están los que no lo ven: el sacerdote les muestra su pecado, los anima a erradicarlo, y ellos le responden: «Es que no lo veo» («Claro» –piensa el pobre cura–. «Si lo vieras, no te lo tendría que decir yo»).

Les enviaré profetas y apóstoles: a algunos de ellos los matarán y perseguirán. Dios siempre ha preferido comunicarse a través de hombres pecadores ungidos por Él. Y quien rechaza a quien le habla en nombre de Dios rechaza al propio Dios. Por mucho que «lo haya visto», o que «no lo vea».

(TOI28J)

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Santos de mentira

Se dice que, para aguantar a un santo, hacen falta dos santos. Ya comprenderéis que el dicho no va referido a los santos de verdad. Ésos, los de verdad, son los que aguantan al de mentira. En cuanto al santo de mentira, es fácilmente reconocible: por tan santo se tiene, que va dando lecciones a diestro y siniestro, y anda ocupado en decirle a todo el mundo lo que tiene que hacer. Entre tanto, él hace, siempre, lo que le da la gana, pero, ¡oh casualidad!, la voluntad de Dios siempre coincide con su «gana».

¡Ay de vosotros también, maestros de la ley, que cargáis a los hombres cargas insoportables, mientras vosotros no tocáis las cargas ni con uno de vuestros dedos!

¿En qué se diferencia un santo de verdad de un santo de mentira? En las palabras del Señor, y en su vida, tienes un signo que te ayudará a distinguir: El santo de verdad no es el que te dice: «Carga con esta bolsa y te salvarás», sino el que, como Jesús, se acerca para compartir tu carga. San Pablo, un santo de verdad, te lo confirma: Cargad los unos las cargas de los otros (Gál 6, 2).

(TOI28X)

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¡Qué «irreverencia» tan simpática!

Venero a esa mujer cuyo nombre nos oculta la Escritura:

Mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».

No tiene respetos humanos, ni casi divinos; ante ojos puritanos, peca, incluso, de irreverente. ¿Cómo se le ocurre alzar la voz mientras el Hijo de Dios está hablando? ¿Cómo se le ocurre interrumpirle el discurso? ¿Cómo se le ocurre desviar la atención de las gentes, clavada hasta entonces en Jesús, no hacia ella, sino hacia la madre del Señor?

Yo no sé cómo se le ocurrió «dar el cante» de esta forma; pero no descarto que fuera el Espíritu quien impulsara su voz. Porque, cuando desvió la atención del auditorio hacia la Virgen, a Jesús no le molestó. Al revés, Él mismo elogió a su Madre con palabras más sublimes:

Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. ¿Puede alguien dudar que se refería, antes que a nadie, a ella?

No temas que la devoción a la Virgen pueda «ensombrecer» a Cristo. No hay buen hijo que no se llene de alegría cuando ensalzan a su madre.

(1210)

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Más que Mercadona, Messi y el sol

Las palabras con que Jesús se quejaba de su generación pueden aplicarse también a la nuestra. Parece que hubiéramos vuelto al punto de partida:

La reina del Sur se levantará en el juicio contra los hombres de esta generación y hará que los condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.

(Continuación): Todo el barrio acude a Mercadona, y en la iglesia hay uno que es más que Mercadona. Se llenan los estadios de fútbol, y en la iglesia hay uno que es más que Messi. Todo el mundo corre a la playa en los puentes, y en la iglesia hay uno que es más que el sol y el mar…

Al final, ante el paisaje de las multitudes buscando los bienes de este mundo y los sagrarios abandonados, resuenan aquellas palabras del Señor: Y no queréis venir a mí para tener vida (Jn 5, 40).

Nosotros también vamos a Mercadona, al fútbol y a la playa. Pero allí aprovecharemos para anunciar que Cristo es el Salvador del mundo. Si no vienen, que al menos no puedan decir que no se lo anunciamos.

(TOI28L)

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