Evangelio 2022

septiembre 2021 – Espiritualidad digital

El reino de Dios o el menda lerenda

La embajada que Cristo encomienda a los apóstoles es la más gozosa que jamás haya transmitido embajador alguno: Decidles: «el reino de Dios ha llegado a vosotros».

También a ti (no mires hacia otro lado) te ha nombrado Jesús embajador, y te ha encargado esa embajada. Deberías poder decir, en cualquier parte donde te encuentres: El reino de Dios ha llegado a vosotros. Pero no bastan las palabras; en ocasiones, ni siquiera te harán falta. Es necesario, para que la embajada sea auténtica, que, primero, tú seas reino de Dios. Porque el reino de Dios llega a tus hermanos en ti.

Para eso, debe tu voluntad estar muy sometida a la de Dios. Deberás renunciar a muchos caprichos y empeños personales, deberás someterte a un plan de vida, y deberás obedecer, de corazón, al director espiritual. Porque si haces lo que te da la gana (aunque, en ocasiones, también te dé la gana rezar), ¿cómo podrás decir el reino de Dios ha llegado a vosotros? Más bien, deberías decir: «Ha llegado a vosotros el menda lerenda». Lamento decirte que no es tan buena noticia.

Recuérdalo: No podrá Dios reinar en tus hermanos si no le permites primero reinar en ti.

(TOI26J)

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Arcángeles y teléfonos rojos

Aunque suene a compañía de seguros, en la vida espiritual es el nombre de un peligro muy tentador: la línea directa. También puede sonar a película: teléfono rojo.

Es la tentación que, a través de Lutero, desgarró en dos a la Iglesia: una relación con Dios sin intermediarios. Una vez descolgado el teléfono rojo, el mensaje recibido vendría directamente del Cielo, y nadie en la tierra, ni el propio Papa, podrá ponerlo en duda. «¡Lo he visto claramente!», te dicen tras soltarte la mayor majadería. Como para echarse a temblar.

Claro; si a Dios le gustase la línea directa, sobrarían santos, ángeles, papas, sacerdotes… y padres de familia. ¿No podrá Dios educar a vuestros hijos mejor que vosotros?

Pero a Dios le gusta repartir juego. Y se sirve de sus criaturas para instruirnos y protegernos. Por eso, en el día de hoy, te aconsejaré que camines con escolta: invoca a Miguel para librarte de las asechanzas del Diablo; a Gabriel para que te acerque el designio de Dios sobre ti; y a Rafael para que te guarde en tus caminos. No es que Dios no quiera protegerte; es que les ha encargado a ellos que te cuiden. Porque te ama.

(2909)

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El fuego y las lágrimas

En los últimos años, uno de los pecados más frecuentados en el confesonario es éste: «No soporto a los políticos». Cuando el penitente habla de «los políticos», no se refiere a los Reyes Católicos, sino a gobernantes no creyentes, a quienes se les adjudica el mérito de querer destruir cualquier atisbo de religiosidad en nuestro país. Me preocupa, porque, entre muchos cristianos, se está generando odio hacia los gobernantes. Y el odio es un pecado. Por eso lo confiesan, claro.

Al comprobar que aquellos samaritanos, tenidos por malditos y paganos, no daban albergue a Jesús, Santiago y Juan dijeron: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?Entonces Jesús se volvió y los regañó. El fuego no cayó sobre los samaritanos, sino sobre ellos.

Los ojos de Jesús, que son el cielo, desprendieron fuego sobre los apóstoles y los fariseos, que eran personas religiosas. Pero se enternecieron con gentiles, publicanos y prostitutas. No te extrañe. A quienes conocemos su Amor, nos trata así, porque nos quiere santos. Pero, a quienes no lo conocen, los trata con ternura, para mostrárselo.

No odies a los de lejos. Pide que conozcan ese Amor. Así serás como el Señor.

(TOI26M)

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El más pequeño de vosotros

Jesús, aquel día, tomó de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo: «El más pequeño de vosotros es el más importante». Durante la Misa, me fijo en un chiquitín que, al fondo de la iglesia, llora en brazos de su madre. De toda la asamblea, es el más pequeño. Los ojos de Dios, seguramente, están fijos en él. También los de alguna feligresa, que parece incómoda por los vagidos del pequeño. A mí no me incomodan. Esos vagidos gustan a los ángeles, y al propio Dios.

Hasta la consagración. En ese momento, mientras tengo al Señor entre mis dedos, fijo en Él la mirada y sé que se ha hecho el más pequeño de nosotros. Ahora los ojos de Dios Padre están clavados en la Hostia. «Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia». No hay, en todo el templo, nadie mayor que Él. Y no hay, tampoco, nadie más pequeño. ¡Cómo te has humillado, oh, Jesús, para servirnos de alimento!

Para dar a conocer ese Amor y extenderlo entre los hombres, deberé hacerme yo como ese niño, y como esa Hostia: el más pequeño de todos. No es mal propósito para hoy.

(TOI26L)

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Ojos que buscan el bien

¡Qué misteriosas palabras, la del profeta Habacuc! Le dice a Dios: Tus ojos son demasiado puros para mirar el mal (Hab 1, 13). ¿Quiere eso decir que Dios no conozca nuestros pecados, que se tape la cara para no ver nuestros crímenes? ¡Por supuesto que no! Lo que quiere decir el profeta es que Dios no se deleita en el mal, y su mirada busca siempre el bien para descansar allí. Digámoslo de otra forma: Dios es quien siempre ve la botella medio llena.

Fíjate, por ejemplo, en el evangelio de hoy. Ante la aparición de un hombre que, sin caminar junto a Jesús, expulsa demonios en su nombre, Juan se queja: Se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros. Jesús, en cambio, ve las cosas de otra forma: Quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. Juan ve lo malo, Jesús ve lo bueno. Juan quiere derribar, y Jesús quiere construir.

Ojalá le pidas prestados los ojos a Cristo. Te fijas mucho en lo malo de las personas, y así no podrás ayudarlas jamás, porque esa mirada tuya te aparta de ellos. Mira lo bueno, aquello sobre lo que puedes edificar. Y, mirando así, ayudarás a muchos.

(TOB26)

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Pinchando el soufflé

En ocasiones pienso que, por dentro, Jesús se divertía pinchando el soufflé levantado a su alrededor. Cuando más gente se reunía en torno a Él, cuando más ferviente era la expectación, aprovechaba para decir algo que los escandalizase y apagara, de golpe, las aclamaciones de los exaltados.

Entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: «Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres». Era todo un jarro de agua fría para aquellos que esperaban, de Cristo, un reinado terreno y triunfante como consecuencia natural de aquellos milagros que estaban contemplando.

Lo cierto es que, como nosotros, aquellos judíos sabían escapar del agua fría para que no se estropeara la fiesta. Ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto. San Lucas es un bendito; todo lo disculpa. Pero lo cierto es que no quisieron entender. Preferían la fascinación de los milagros a las tinieblas del Gólgota.

Espero que nosotros entendamos. Los milagros pasan. La Cruz permanece en pie a través de los siglos, como centro del Cosmos y la Historia.

(TOI25S)

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La eterna pregunta y la puerta estrecha

La pregunta de Jesús, ¿quién decís que soy yo?, ha conocido muchas respuestas. Para Juan, Cristo es el Verbo, el que existía junto al Padre en el principio. Para Pablo, Cristo es su vida (Para mí la vida es Cristo –Flp 1, 21–). Para Francisco, Cristo era su Dios y su todo («Deus meus et omnia!»).

Pero la primera respuesta a esa pregunta capaz de llenar la existencia de un cristiano, y a la que no terminaremos de responder hasta que exhalemos el último suspiro, la pronunció Pedro: El Mesías de Dios.

Es un judío quien habla. Y sus palabras sólo se entienden desde las Escrituras. El Mesías de Dios significa que Dios no ha olvidado a los suyos, que en ese hombre llamado Jesús camina junto a ellos y los acompaña. Significa que está llamado a reinar, que será elevado sobre todo, y que en Él verán las naciones el triunfo de Yahweh.

El Hijo del hombre tiene que padecer mucho… Jesús ilumina todas aquellas profecías. Eso sucederá, pero será a través del dolor y la muerte. Dios reinará, en esta vida, desde el Leño. Contempla la Pasión de Cristo, y póstrate ante Él. Él lo es todo.

(TOI25V)

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