Misterios de Navidad

agosto 2021 – Espiritualidad digital

¿Qué clase de palabra es ésta?

La pregunta que se hicieron los habitantes de Cafarnaúm me la hago yo –y, quizás, también tú– todos los días: ¿Qué clase de palabra es ésta?

Frente a tantas palabras inútiles que escuchamos a lo largo del día, frente a tanto ruido hueco que no es palabra, sino palabrería, las palabras del Señor son un torrente de vida. Con razón le dijo Simón: Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 68).

Se te acerca una persona, abre los labios y no los cierra en media hora. Y, al cabo de media hora, descubres que no te ha dicho nada. Sin embargo, una sola palabra de Jesús puede llenar el espíritu, el corazón, los afectos, la mente y alcanzar hasta el hondón del alma para no marcharse de allí. Un solo versículo del evangelio puede bastar para horas de oración.

Te lo he aconsejado muchas veces, y hoy repetiré el consejo: memoriza las palabras del Señor. Lee el Evangelio a primera hora de la mañana, y guarda en tu memoria, aunque sea, una sola frase. Medítala, repítetela por dentro muchas veces al día, saboréala… Se te llenará el alma de luz. Y te preguntarás: ¿Qué clase de palabra es ésta?

(TOI22M)

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Lo que nunca dijeron de Jesús

La predicación del Señor en la sinagoga de Nazaret es el modelo de homilía perfecta en el que deberíamos mirarnos los sacerdotes. Se pone en pie Jesús, proclama la palabra, se sientan todos y el Sacerdote explica la profecía:

Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír. Después, dos frases más, relativas a dos ejemplos de la Torah. Y, como resultado, unos cuantos feligreses le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca, y otros muchos decidieron matar al predicador. Como digo, la homilía perfecta: breve, incisiva, y a nadie dejó indiferente.

De Jesús dijeron muchas cosas, pero nunca lo acusaron de aburrir al auditorio. No podía aburrir, porque era un hombre lleno de pasión, y esa pasión era fuego en sus palabras. Nadie se aburre cuando está dentro de una hoguera: o se deja abrasar, o sale huyendo.

No va sólo por los sacerdotes: va por todos. Debemos hablar de Cristo. Peor que aburrir es no aburrir por no hablar. Pero, cuando hablemos, quienes escuchen deben sentir el fuego que abrasa nuestros corazones. Unos se dejarán quemar por él, y otros quizá nos odien. Pero que nadie se aburra.

(TOI22L)

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Dale a Dios lo que Dios quiere

La queja que Jesús recoge de la Escritura para llorar sobre su pueblo debería hacernos dar un respingo. ¿No la estaremos mereciendo también nosotros?

Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío.

«Culto» es aquello que ofrecemos a Dios. Rezamos, y ofrecemos palabras de alabanza, contrición o petición. Ofrecemos, también, el tiempo que empleamos en el servicio divino. Y está bien, pero Dios quiere más: su corazón está lejos de mí.

Dios quiere que le entregues el corazón. Y no se refiere al músculo, pero tampoco se refiere a ese magma de sentimientos que pueblan las «revistas del corazón». Ni le entregas el corazón a Dios porque derrames lágrimas mientras rezas, ni se lo niegas porque experimentes sequedad.

El «corazón» al que se refiere la Escritura es algo mucho más profundo: son tus deseos. ¿Deseas, de verdad, ser santo? ¿Deseas ser humilde? ¿Deseas ser casto? ¿Cuánto lo deseas?

Fomenta, en tu oración, los santos deseos; hazlos cada vez más grandes, aunque luego tengas que sufrir la pobreza de tus obras. Pero esos deseos tuyos, tenlo por seguro, empaparán tus palabras, y llegarán al cielo como ofrenda agradable.

(TOB22)

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La profecía del holgazán

El siervo negligente y holgazán de la parábola sería un vago, pero, desde luego, era profeta. ¡Menuda excusa, la que presenta para justificar su pecado! Es todo un tratado de soteriología.

Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces.

Medita las palabras del holgazán, y quizá no tengas que compartir su suerte.

El Señor sembró en Jerusalén, donde su cuerpo fue enterrado como grano de trigo. Y quiere segar en tu casa. Esparció su palabra en Palestina, y quiere recoger en tu pueblo, entre tus amigos y en tu lugar de trabajo.

Por eso te dio los talentos que recibiste el día de tu bautismo. Por ellos, tú también eres profeta, sacerdote, y rey. Eres otro Cristo. Además, te dio la formación cristiana que recibiste de tus padres y catequistas. Ahora te corresponde a ti vivir como Él vivió, amar como Él amó, anunciar como Él anunció, y segar y recoger, no el fruto de tu trabajo, sino el de su Pasión, prolongada en tu vida.

Las almas no se redimen con originalidades ni con marketing; así sólo se las entretiene o se las aburre. Las almas se redimen con santidad de vida.

(TOI21S)

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Pequeñas gotas de aceite

De las diez vírgenes de la parábola, cinco se salvaron por listas y cinco se perdieron por necias. Pero ninguna se salvó por buena: El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. Sus lámparas se habían apagado: despertaron y se pusieron a preparar sus lámparas. De haber estado encendidas, nada habrían tenido que preparar.

Sé listo, pero, además, procura ser bueno. No dejes que la lámpara del amor a Cristo se apague en el sueño de la tibieza. Tampoco esperes, como algunos, a que la llama apenas brille para rellenarla de aceite. Dicen: «Mañana me confieso, mañana rezo, mañana pido perdón, mañana estaré de mejor humor, mañana seré más sobrio»… Y, de mañana en mañana, la llama se va apagando. No siempre logran encenderla de nuevo.

Yo te aconsejo que tu lámpara esté siempre llena, y su llama siempre alumbre. Te bastarán constantes y pequeñas gotas de aceite: una jaculatoria, detalles de puntualidad en la oración, el cuidado de la compostura en misa, actos de amor, delicadeza en el tono con que hablas a tu hermano… Con esas pequeñas gotas, día a día, hora a hora, tu lámpara estará siempre preparada y tu alma permanecerá en vela.

(TOI21V)

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No es falta de fe. Es la noche

Jesucristo está realmente presente en nuestros sagrarios. Mora, por su Espíritu, en nuestras almas en gracia, convertidas en templos de su gloria. Todo eso es verdad. Y, sin embargo, el Señor se ha marchado.

Desde su ascensión, ni pueden verlo nuestros ojos, ni pueden escuchar su voz nuestros oídos, ni pueden nuestros brazos rodearlo. Para los sentidos, el Señor está lejos. En ocasiones me decís: «¿Por qué esta pesadez del alma? ¿Por qué esta tristeza en el corazón? ¿Por qué esta sensación de soledad? ¡Qué poca fe! Si el Señor está conmigo, no debería sentirme así». Pero no es poca fe. Son las tinieblas sensibles en las que la fe deja ver su luz.

Sin embargo, ten cuidado. En esos tiempos de oscuridad, cuando no percibes más que el cansancio, cuando el entusiasmo sensible ha desaparecido, pronto surge la tentación de aflojar y buscar compensaciones. Recuerda, entonces, que el mismo Señor que se marchó volverá.

Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Haz caso al alma, y no al cuerpo. Aprieta en lugar de aflojar. Despierta, mantente en vela, porque, cuando vuelva –y volverá–, el Señor quiere verte despierto para bendecirte de nuevo con la luz.

(TOP21J)

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El sepulcro, la mona y la esposa del César

El sepulcro blanqueado es el símbolo de la hipocresía: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de podredumbre. En español, tenemos también a la mona vestida de seda, pero viene a ser lo mismo: adecentar por fuera lo que está sucio por dentro, y que parezca refinado lo que, realmente, es grosero.

Lo contrario al sepulcro es el sagrario, que alberga vida en lugar de muerte. Y lo contrario al sepulcro blanqueado es el Crucifijo, cubierto por fuera de infamia, y limpieza de Dios por dentro.

Tú debes ser un sagrario; tu alma en gracia debería estar llena de cielo. Pero, en ocasiones, tendrás que elegir entre el sepulcro blanqueado y el Crucifijo.

Segundo refrán del día: Aunque la esposa del César no sólo debe ser buena, sino parecerlo, no siempre es posible elegir ambas cosas. En algunas ocasiones, si haces el bien, serás ultrajado y, si deseas aparentar, tendrás que pecar. Si los demonios intuyen que tu corazón está limpio, querrán cubrirte de inmundicia por fuera. Pero es lo más que pueden hacer. Al corazón no pueden entrar, si no les abres.

(TOI21X)

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