Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

julio 2021 – Espiritualidad digital

El juramento de Herodes

Según san Mateo, cuando Salomé le pidió a Herodes la cabeza de Juan, el rey lo sintió, pero, por el juramento y los invitados, ordenó que se la dieran.

Estaba escrito: Cumplirás al Señor tus juramentos (Mt 5, 33). ¿Mató Herodes a Juan para honrar a Dios?

Cuando una persona jura que hará algo, contrae una deuda con el propio Dios. El día de vuestra boda, los casados jurasteis ser fieles, y así os comprometisteis con el Señor de por vida.

¿Puede uno jurarle a Dios que pecará? No puede, ese juramento no es válido, y no debe cumplirse. Como no podía Herodes jurar que daría a Salomé lo que no era suyo. Mucho menos, cometer un asesinato.

Pero, realmente, Herodes no juró ante el Dios verdadero, sino ante su dios. Los dos motivos que señala Mateo, el juramento y los comensales, son el mismo, porque Herodes era esclavo de su imagen, y su dios era su corte. A ellos entregó su vida, y también la de Juan, a cambio de unos aplausos.

Ni todo el que jura jura al Dios verdadero, ni todo el que reza reza al verdadero Dios. Mira bien de no servir más que al Señor.

(TOI17S)

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El valor de una pregunta sin respuesta

Los nazarenos, familiares y vecinos del Señor, me dan pena. Estuvieron a un paso de la salvación, y la dejaron marchar por su cortedad de miras. Las preguntas que se hicieron, esas mismas preguntas que los condenaron, los hubieran llevado a la contemplación si, en lugar de formularlas con envidia, las hubieran formulado con la reverencia debida al Misterio.

¿De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? ¿De dónde saca todo eso? A un espíritu contemplativo, esas preguntas pueden mantenerle toda la vida en un silencio fascinado. No es necesario responderlas; basta con mantener la mirada en ese «de dónde» que señala a un abismo impenetrable de oscuridad radiante.

¿De dónde le viene a la sagrada Hostia ese poder de atracción que casi succiona el pecho hacia el sagrario? ¿Cómo es posible que ese misterioso magnetismo me tenga clavado ante ella durante tanto tiempo?

¿De dónde procede ese manantial inagotable de sentido que brota en los evangelios? ¿Cómo es posible que, tras mil lecturas, sigan enamorando? ¿Qué hace que, cada vez que el alma se posa en ellos, resplandezca una luz nueva, jamás advertida?

No intentes responder. Deja la pregunta en suspenso, y contempla.

¡Pobres nazarenos! ¡Qué cerca estuvisteis!

(TOI17V)

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Maravillosa Marta

Santa Marta es todo un personaje. Es de esas santas que a uno, además de inspirarles devoción, le caen simpáticas. Por su humanidad, su bendito descaro, su fragilidad no escondida y, sobre todo, el inmenso amor que profesa a Jesucristo. No es refinada en las formas, como su hermana. Las dos veces que aparece en los evangelios resbala estrepitosamente. Y se levanta, se arregla el delantal, se arrodilla y nos sorprende con un espíritu maravilloso. Siempre he imaginado a Jesús sonriendo mientras la corrige.

Una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Toda la hospitalidad de siglos del pueblo judío cabe en el corazón de esta mujer. Ella es la que acoge, como acogió Abrahán a los tres misteriosos viajeros; la que se desvive por ofrecer lo mejor; la que considera un privilegio que el Señor invada su casa y llegue «hasta la cocina». Su forma de hacer fiesta al Invitado es alborotarse, deshacerse en atenciones y procurar que nada falte. Yo conozco a mujeres así; cuando se trata de Dios, nunca les parece haber hecho o haber entregado bastante.

¡Bendita Marta! ¡Si comulgásemos nosotros con el mismo entusiasmo con que acogiste en tu casa al Salvador, seríamos santos!

(2907)

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Por la avaricia, a la santidad

¿Qué dirías de un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra? Dirías que es un avaro, un hombre sediento de riquezas, capaz de vender los gemelos de su abuelo para hacer la mejor puja en una subasta de joyas.

Es curioso cómo, en el orden espiritual, actitudes que son pecaminosas en el orden material se convierten en virtudes. Y, así, el Señor puede invitarnos a atesorar perlas en el Cielo, y a perder cuanto tenemos con tal de conseguirlas. Está claro que no hay apetencia mala en el hombre. Los pecados son apetencias desordenadas que se encaminan al bien cuando las encauzamos correctamente. Y la avaricia se convierte en piedad cuando el tesoro es el Amor divino.

Modera tus deseos de bienes temporales, fama, afectos humanos o éxitos terrenos. Pero, a la vez, fomenta en tu alma deseos grandes, descomunales, insaciables de Espíritu Santo, Eucaristía, intimidad con Cristo, Amor divino. Y, aunque esos deseos tengan diez veces tu tamaño, y te veas incapaz de satisfacerlos, no temas perderlo todo en este mundo por lograr esos bienes. Te aseguro que Dios no te dejará con hambre.

(TOI17X)

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No olvides a qué has venido

Un jugador de fútbol recibe, durante un partido, un fuerte golpe en la cabeza. Cuando abre los ojos, no sabe dónde está. Ve hierba, hombres vestidos de corto, un balón… ¿Qué pinta él ahí? ¿Qué lugar es ése? ¿Qué tiene que hacer? Eso se llama desorientación. Y así vive su vida mucha gente; desorientada. No saben a qué han venido al mundo, desconocen que tienen una misión que cumplir, no entienden qué es el mundo, y tampoco se hacen preguntas. Procuran sobrevivir lo mejor posible hasta que el árbitro pite el final del partido.

El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino. ¡Bendita explicación, que nos sitúa en la realidad! Hemos venido al mundo como buena semilla sembrada por Cristo. Y hemos venido, como Él, a lo que la semilla viene al campo: a dar la vida. No a morir. Heidegger dijo del hombre que es un ser-para-la-muerte. No es cierto. El hombre es un ser para la entrega; la muerte es el fracaso del egoísta.

Por eso, no esperes ver frutos durante tu vida. La semilla da fruto cuando ha consumado su entrega.

(TOI17M)

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Doblemente niños

Si de los que son como niños es el reino de los cielos, hoy estamos de suerte, porque la fiesta de los santos Joaquín y Ana nos permite ser doblemente niños.

Bienaven­turados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron. ¡Lo que hubiera dado el rey David por haber podido decir «Abbá» dirigiéndose a Dios! Nosotros, por el Bautismo, nos dirigimos al Altísimo como Jesús se dirigía; su Espíritu grita en nosotros «¡Papá!». Y así, como hijos muy pequeños, recibimos el cariño y la ternura de padre de todo un Dios. Por el mismo motivo, a la Virgen la llamamos «Mamá», y notamos su abrazo y su caricia cada vez que, como hijos, la invocamos.

Pero hoy, además, de ser hijos, somos nietos. Nietos de Joaquín y de Ana. Y eso nos vuelve doblemente niños. ¡Cuántas ternuras, cuántos guiños, cuántas sonrisas mientras jugamos con los abuelitos ante la sonrisa de la Madre y la complicidad del pequeño Jesús!

A esto se le llama pasear por el Cielo como Jesús por su casa.

(2607)

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Cosas de mamá

En plena fiesta del apóstol Santiago, voy yo y dedico estas líneas a su madre.

Se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición. «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».

¿Qué buscas para tus hijos? ¿Quieres que estén cerca de Jesús porque sabes que la felicidad del hombre es la intimidad con Cristo? ¿O quieres que estén cerca porque piensas que el Maestro será rey en Israel, y quieres que tus hijos sean vicepresidentes primero y segundo del gobierno? ¿Los quieres santos, o los quieres importantes? Dime la verdad.

No sabéis lo que pedís. Jesús te ha calado. Los quieres importantes, aunque lo que pides los hará santos. Realmente, no sabes lo que pides.

¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Cuando bebas ese cáliz, lo sabrás. Y lo bebiste, bendita seas, porque estuviste junto a la Cruz con uno de tus hijos. Entonces supiste, entonces sí, que la intimidad con Cristo, aún en los momentos de inmenso dolor, es lo más grande que puede recibir una persona en esta vida.

(2507)

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